Los archivos nunca duermen
En la memoria colectiva siempre hay casos puntuales que no se olvidan. Ocurre en Sevilla, por ejemplo, con Ana Franco, desaparecida en 1997 y sobre quien el Grupo de Homicidios no pierde la esperanza de dar una respuesta dos décadas después. Ocurre también con Josué Monge y su padre, Antonio, pero también con los 280 casos que la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) Central entresacó hace un año de sus archivos de personas desaparecidas para remitirlos a Sevilla y se mantengan «vivos» en el día a día de los investigadores. La relación es amplia y llega al extremo casi kafkiano de incorporar hasta la denuncia de un desaparecido en julio de 1936, cuando contaba 21 años; un hombre que hoy tendría casi un siglo de vida. Hay también muchos menores, mayoritariamente magrebíes, que fueron trasladados al centro de acogida «Híspalis», que ya ho existe y del que, al parecer, se escapaban tal y como entraban. Y también hay otros casos con posibilidades de éxito: Por el momento, el Grupo de Homicidios de Sevilla ya se contenta con haber resuelto un diez por ciento de aquéllos casos «dormidos». Veintiocho desaparecidos que ya no lo son y sobre cuyo paradero, para bien o para mal, ya tienen noticias quienes habían denunciado su ausencia.
DESAPARECIDOS EN SEVILLA: ¿QUIEN SABE DONDE?
Cuando, en términos policiales, se habla del Grupo de Homicidios, lo primero que le viene a la cabeza al lego en la materia es una muerte violenta y, probablemente, el recuerdo de una de las muchas series quellenan la parrilla de las emisoras de televisión. La realidad, como suele ocurrir, es mucho más cruda y lo cierto es que los homicidios son sólo una pequeña parte de las responsabilidades que tiene encomendadas una unidad de estas características.
Sevilla no es una excepción a esta norma general de la Policía Judicial española. Y por ello, el Grupo de Homicidios no sólo se dedica a las muertes violentas, ya sean consumadas o en grado de tentativa, sino que su principal preocupación, en cuanto a volumen de trabajo lo ocupan, curiosamente, los caso de personas desaparecidas. Sólo en 2010 han sido 162 los casos de desaparecidos esclarecidos por el Grupo de Homicidios, frente a once homicidios y doce tentativas de homicidio, resueltas, como aquellos, en prácticamente el cien por cien de los casos.
La excepción de unos pocos
En el caso de los desaparecidos, no se trata de una excepción: el el quinquenio que va de 2005 a 2010 han sido 907 los casos de desaparecidos investigados, de los que 853 quedaron finalmente esclarecidos. La cifra supone un 94 por ciento de resultados positivos. El resto, un total de 54 casos, siguen sin esclarecer, aunque en ellos se da la circunstancia de que, salvo tres, todos son de origen extranjero y mayoritariamente menores de edad. El resto son marineros, con un curioso predominio de los turcos.
Esclarecer una desaparición no siempre supone que el buscado vuelva junto a quien presentó la denuncia que puso en marcha la mecánica judicial y policial. De hecho, entre el amplio y mayoritario grupo de las desapariciones voluntarias hay tanto una parte de personas que no quieren volver a tener contacto con sus familiares y que intentan «perderse» para siempre, como también se incluye el grupo de aquellos que buscan un lugar apartado o inaccesible para poner fin a su vida, lo que muy probablemente hará imposible esclarecer tal «desaparición».
Entre los casos recientes esclarecidos por el Grupo de Homicidios de Sevilla los hay de unos y de otros.
Entre los primeros, el jefe de Homicidios recuerda el caso de una mujer, Manuela R.A., cuya madre denunció su desaparición en 2001 aportando como única referencia un apartado de correos en Nueva York, donde trabajaba como intérprete. Después de cuatro años de gestiones en uno y otro lado, resultó que la mujer había vuelto a España y vivía en un pueblo de Madrid. Cuando los policías dieron con ella y le explicaron las razones de su búsqueda, ni sabía que la estaban buscando, ni tenía intención alguna de ponerse en contacto con su familia.
Suicidio y desaparición
Entre los segundos hay numerosos casos, como el de una mujer que fue denunciada como desaparecida y luego resultó que había muerto al caer desde una ventana del Hospital Virgen Macarena, en uno de cuyos patios interiores fue encontrado su cadáver días después. Más recientemente está el caso de un ciudadano originario de Europa del Este, cuyo cadáver fue encontrado en un punto de difícil acceso del cortijo del Alamillo.
Se da asimismo el caso de quienes consiguen hacerse con una doble identidad y viven con ambas el resto de su días, mientras la Policía lo busca como desaparecido. Fue el caso de un hombre que teóricamente seguía vivo y resultó que había fallecido hacía algunos años y había sido enterrado en Bilbao bajo la identidad ficticia.
Parecido fue el caso de Lilia K., una mujer de origen ruso cuyo compañero denunció su desaparición. La investigación siguió su curso hasta que los especialistas del Grupo de Homicidios descubrieron que el hombre, a la hora de presentar la denuncia, no había advertido un error en el nombre de su compañera y resultó que la buscada había sido deportada a su país por la propia Policía española.
Huidos y presos
Frecuentes son, por otra parte. los casos de presuntos desaparecidos que después de intensas averiguaciones nacionales e internacionales resulta que «aparecen» como inquilinos de alguna cárcel de Sudamérica, acusados de un delito de tráfico de estupefacientes. Es el caso de Ramón P.M., cuya hermana denunció su desaparición en 2005 y resultó estar en una prisión de Venezuela, o Miguel A.F.R., que fue «encontrado» en una cárcel de Ceuta.
Casos reiterados son las desapariciones que ocultan una huida del entorno personal por las causas más diversas: desde la joven estudiante que abandona una residencia y vuela hasta Argentina tras un nuevo conocido, sin que su familia sepa nada, a un toxicómano rehabilitado que decide poner tierra de por medio para no volver a caer en la droga. Es el caso de David G.A., denunciado como desaparecido y encontrado por la Policía sevillana en un centro tipo Reto en una sierra de la Castilla más profunda; un caso con el que los investigadores se han encontrado en más de una ocasión.
Muchas de las denuncias por desapariciones corresponden a personas con sus facultades alteradas en mayor o menor grado, lo que en en ocasiones hace que se conviertan en «habituales» por sus extravíos, muchas veces por simple desorientación. No fue tal el caso de una mujer de unos 50 años con sus facultades algo mermadas a la que los miembros del Grupo de Homicidios localizaron en un pueblo de Huelva, hasta el que se había desplazado siguiendo los pasos de un rumano dedicado a la venta ambulante. Cuando los agentes dieron con ellos, lo primero que hizo fue asumir toda la responsabilidad y eximir de ella a su amigo.
El caso de las desapariciones voluntarias tiene una variante que complica de una manera importante la labor de los investigadores. Ocurre con aquellas mujeres cuya desaparición tiene su origen en un caso de malos tratos. En tal supuesto, como la mujer se haya refugiado en una casa de acogida, la Policía difícilmente podía dar con ella, pues ni a ellos les facilitan los datos.
A este respecto, el jefe del Grupo de Homicidios se lamenta de la interpretación que, muchas veces, suele hacerse de la Ley de Protección de Datos, hasta el punto de que su trabajo, «pese a ser Policía Judicial»,se ve entorpecido o ralentizado porque se les exige una orden del juez para confirmar datos o circunstancias cuya averiguación aceleraría la localización de muchos desaparecidos.
Alto riesgo, siempre
Y es que para el Grupo de Homicidios, al que sólo llegan las denuncias relativas a mayores de edad, cualquier desaparición tiene inicialmente el tratamiento de un caso de alto riesgo, por lo que siempre se ponen en marcha las directrices que marca el protocolo establecido al respecto, conocido como instrucción 1/2009. «Lo más urgente siempre —afirma el jefe del Grupo— es iniciar pronto la investigación», ya que, inicialmente, todos los casos pueden ser susceptibles de encubrir una desaparición forzada e incluso un crimen.
Precisamente por eso, los especialistas no dan nunca por cerrado el caso de un desaparecido y vuelven sobre el mismo una y otra vez. Es, por ejemplo, el caso de Ana Franco, uno de los tres que Homicidios tiene «enquistado». Dos décadas después, el caso continúa sobre la mesa del jefe del Grupo, para quien el asunto no es nuevo, ya que cuando, hace siete años, llegó a su nuevo destino como inspector ya se preocupó de volver sobre todo lo investigado, e incluso propició que la Cátedra de Mecánica del Suelo de Sevilla interviniera en una inspección del terreno de una finca donde se sospechaba que podía encontrarse el cuerpo de la desaparecida.
«El problema muchas veces es la falta de medios humanos y materiales, porque hay que tener en cuenta que no sólo nos llegan las denuncias de desaparecidos de nuestra demarcación, sino también de cualquier punto de España, porque pueda tenerse la sospecha de que la persona buscada esté por Sevilla», añade el jefe de Homicidios, para quien la base del éxito en la búsqueda de un desaparecido es la constancia en el seguimiento de cualquier detalle, por nimio que sea. «Y eso, constancia, y vocación, si que no nos falta en el Grupo», apostilla.
Fuente: José Luis García, ABC DE SEVILLA



No hay comentarios:
Publicar un comentario