lunes, 28 de marzo de 2011

Crónica de una masacre anunciada



Cuando escribo estas líneas, los rebeldes resisten a duras penas el asedio de las tropas de Gadafi, arrinconados en las ya escasas ciudades liberadas del este de ese inmenso barril de petróleo que es Libia. Quizás cuando usted las lea, todo haya acabado: la rebelión contra el tirano y miles de vidas de valientes e inocentes que se creyeron las invocaciones a la democracia y la libertad de los líderes occidentales. 
A día de hoy - ¡ojalá me equivoque! - todo parece indicar que un nuevo episodio de la historia de la infamia está a punto de ser perpetrado justo en la orilla de enfrente del paraíso de la libertad. Se podrá acusar de muchas cosas al dictador de los trajes ridículos, pero no de mentir. Ha dicho punto por punto lo que estaba dispuesto a hacer y lo está haciendo: declarar una guerra civil, buscar a los opositores casa por casa, hogar por hogar y matarlos. Esta vez nuestros gobernantes no van a poder argumentar ignorancia. No es preciso que la CNN o Al Jazeera muestren imágenes de aviones y helicópteros disparando sobre civiles, los potentes medios de información de la OTAN tienen fotografías, detalles, datos y podrían hacer hasta un listado de los miles de personas que ya han sido martirizadas por el histrión asesino y sus vástagos. Y no han hecho nada. Mejor dicho, sí están haciendo: viajar mucho, reunirse, emitir declaraciones y advertencias, condenas y anatemas que Gadafi se pasa por la entrepierna. Mientras, afila el cuchillo para la gran degollina, tan claramente ilustrada por un mercenario de su tropa cuando responde al periodista que pregunta por el destino de los opositores prisioneros, pasándose el dedo por la garganta. Una masacre con fecha fija, es lo que vendrá en Libia cuando los carros de combate del dictador corten la comunicación con Egipto, cierren las fronteras y bombardeen por tierra, mar y aire los últimos blocaos de los hombres libres. Jóvenes en su mayoría a los que parece no importar la certeza de la muerte, mientras tengan un Kalashnikov en sus manos. Incluso sin balas, ese fusil que blanden orgullosos es el testimonio de que han conquistado la libertad, aunque haya sido en las últimas horas de su vida.
 ¿Qué hará la banda de diplomáticos y mercachifles occidentales ese día? ¿Seguirán riñendo a este emulo de Hitler? ¿Quién va a ser el primero de los mandatarios europeos que acuda raudo a besarle el culo para que mantenga sus negocios en su país? ¿Organizará Berlusconi otra fiesta con “velinas” para agasajar al triunfador? ¿Le devolverá el título de Doctor la London School of Economics a su cachorro? ¿Seguirá nuestro Gobierno haciendo prédicas sobre nuestra ejemplar Transición y emitiendo llamamientos quejumbrosos a la exclusión aérea mientras apoya la “prudencia” de Merkel? A estas alturas será muy difícil que la única medida posible y razonable, pero decisiva para apoyar a los luchadores de la libertad libios, clavar los aviones en tierra, sea ya aplicable. Esta Unión Europea es cada vez más un proyecto fracasado en política exterior. Sin capacidad de actuación, sin reflejos y sin liderazgo. Con unos dirigentes sin visión estratégica, sin talla política y sin valores, no sabe ni siquiera defender su propio interés y parar a un dictador que, flotando sobre un mar de sangre, va a entregar el petróleo a rusos y chinos, mientras un millón de libios huirá por donde pueda para salvar la vida, acabando por arribar a la otra orilla del Mediterráneo. Claro que para evitarlo, quizás la “prudente” Unión acabe por aceptar la doctrina Bossi – Maroni – Le Pen y movilice a sus flotas para practicar el tiro al blanco con los esquifes cargados de refugiados. O bien mirado, puede que el trabajo se lo deje hacer a Gadafi, en el mar o en el inmenso desierto libio ¿Quién va a contar unos cuantos de miles de muertos más? ¿Es que el asesinato de presos políticos o el atentado del avión en Lockerbie impidieron a dirigentes políticos recibir regalos del asesino, dejarle montar la jaima o concederle honores militares? La masacre será como la de Ruanda, Europa perderá definitivamente la confianza de los pueblos árabes y cargará con el oprobio y los problemas resultantes.

Ya que les dejamos a su suerte, al menos respetemos su dignidad, no les volvamos a hablar de los valores occidentales, no demos lecciones de democracia a quienes van a morir por ella.
Autor: Pedro Diez Olazabal

martes, 22 de marzo de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo VII -

 La locura de El Malvado - Capitulo VII -



¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.


Autor: Daniel Valencia Caravantes

Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra/3530/

elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011

Última entrevista con el psiquiatra forense CAPITULO VII



Néstor Recinos es como un buzo que intenta sumergirse en las profundidades de sus pacientes con una escafandra cuando en otras parte del mundo, otros como él, utilizan trajes de neopreno y tanques de oxígeno. Por ejemplo, su despacho es tan pequeño que solo puede tener dos invitados sentados en sillas, y uno de ellos tiene que sentarse de lado, para poder liberar las piernas. Su oficina es como un cuarto de juguete. Él es uno de 14 siquiatras forenses para un país que factura más de 4 mil homicidios al año, además de cientos de violaciones sexuales. Pero como él mismo dice: a quién le importa entender cómo nos afecta la exposición a tanta violencia. Igual, él intenta bucear, con el poco oxígeno que tiene, en la vida de asesinos bien asesinos, de violadores en serie, de pandilleros. Recinos es el símil de Richard McGough pero en versión salvadoreña. Para él y sus compañeros es tanta la demanda de trabajo –desde hace 17 años- que intentan hacer en una hora lo que otros logran conseguir durante semanas, meses. Recinos es el coordinador del departamento de Psiquiatría Forense de Medicina Legal de El Salvador.



Recinos es un tipo que no se casa con teorías. Aunque a veces se aventura a plantear algunas hipótesis. Por ejemplo, él cree que el país, por lo que ha visto y escuchado, todavía no ha visto a un psicópata nato. Aunque sí hay -pero de nuevo, a quien le importa- asesinos en serie. "Es que no importa si no hay móviles oscuros detrás de las muertes. Un pandillero que ha matado dos o más veces ya es un asesino en serie. De dos para arriba", me dice. Recinos también cree en la multiplicidad de factores para explicar por qué jóvenes, como el que lleva el pantalón bañado en sangre, en la foto, son capaces de hacer eso y más, como mutilar un cuerpo y desfacelar una cabeza. Y luego, de nuevo, después de repreguntarle sobre conductas desviadas, sobre casos horribles, sobre la diferencia que hay entre un joven que ha decapitado o mutilado y un psicópata nato, de esos que vemos en las películas, se avienta al agua con una hipótesis bajo el brazo.



—Puede ser que haya una persona psicópata, y que el otro haya tenido una psicopatización de su personalidad. Que es diferente. El segundo nació normal, pero en el camino tuvo el trastorno antisocial de conducta, después el trastorno de la personalidad antisocial y después hizo una sicopatización de la personalidad. Se hizo psicópata. En cambio la otra teoría dice que el psicópata ya viene, que tiene problemas en el hemisferio craneal, en donde sus zonas del afecto están anuladas o están muy estrechas. Entonces puede matar con saña, premeditar y toda la cosa...



En El Salvador no hay un túnel que se trague a los adolescentes y escupa los secretos de sus cerebros. No hay ni estadísticas confiables sobre la participación de menores de edad en hechos violentos. Sí hay, en cambio, hechos muy puntuales, que están fuertemente relacionados con la guerra de pandillas. Dos de ellos son las fotos en donde un joven tiene el pantalón bañado en sangre y una cabeza decapitada está sin rostro, abandonada en la carretera. Otros tres casos similares ocurrieron en esa misma zona, en Lourdes, Colón, el año pasado. Y un cuarto fue registrado en Soyapango, cuando pandilleros del Barrio 18 decapitaron a un joven cadete que quería ser policía. En todos, los verdugos comprobados -y los sospechosos de cometer los crímenes- son jóvenes. En El Salvador, aunque las autoridades aceptan desconocer qué hay en la cabeza de los jóvenes a quienes persiguen con tanto ahínco, al menos la ubicación geográfica en donde ocurren estos crímenes es en sí una revelación que vale la pena aclarar. Las investigaciones revelan que casos de desmembramientos y mutilaciones solo han sido detectados en la zona norte de la capital y en el departamento de La Libertad (el de Soyapango ha sido una excepción). “No todas las clicas de ambas pandillas hacen eso (decapitar, mutilar, descuartizar)”, me dijo Marco Tulio Lima, jefe de la División Antihomicidios de la Policía Nacional Civil.



Despedida de un reo en Guatemala



Desde hace un mes cargo en el celular dos fotos que me han robado el sueño. Me hubiera gustado mostrárselas a mi interlocutor para que comprendiera, con las imágenes, de qué va la cosa, pero como a los centros penales está prohibido entrar con celular, me tocó describírselas, contarle de qué va esto.



Llegué hasta él, hasta aquella jaula de concreto, porque necesitaba entender las razones de un soldado de esta guerra. De un soldado que haya asesinado joven. Intenté buscar un perfil como el suyo en El Salvador pero todos los contactos me dijeron que sería imposible, porque la cosa en las calles estaba demasiado caliente. En las cárceles, después de tres solicitudes denegadas por Centros Penales, ya ni intenté. Me dijeron que era por razones de seguridad. Por suerte, un contacto me llevó hasta allá, hasta Escuintla, Guatemala, a un sector de una cárcel en donde tienen aislados a pandilleros retirados.



—No entiendo esta violencia —le dije a mi interlocutor, cuando empezamos a conversar. Y entonces él respondió que no entiendo porque no he vivido lo que él y otros más han vivido. Luego me contó su historia, y me confesó que carga una gran culpa, un gran dolor que lo hace arrepentirse de todo. Me dijo que su hermano, su carnal, aquel niño que vagó con él, con frío, por las calles de Guatemala, imitó sus pasos. Me dijo que al verse reflejado en ese espejo intentó salirse y llevárselo con él. Pero su hermano ya estaba “viviendo esos momentos”, como alguna vez lo hizo él, y rechazó sus consejos, como alguna vez hizo él con el consejo de alguien más.



—¡Mirá, carnal! ¡Virguita! —le dijo una vez su hermano menor, refiriéndose a una pistola que portaba cuando tenía 14 años—. Y la traigo llena. Ahorita me voy a ir a libar y solito me voy a sentar a un par de hijos de la gran puta. ¡Si querés, me seguís, si no, a la verga!



Mi interlocutor tiene 26 años. Hace dos años, el 24 de diciembre de 2008, habló por teléfono con su hermano. Hace dos años su hermano tenía 21. Mi interlocutor estaba preso y su hermano en la calle. Los dos ya eran padres de familia. Cuatro primos en total. Los dos ya estaban afuera de la pandilla, aunque uno seguía delinquiendo. Aquella navidad, en el auricular, el hermano menor sonó borracho. Estaba alegre.



—¡Vos, carnal! Acabo de hacer una cacha: ¡15 mil varas tengo! Ando libando y acabo de comprarme un mi mortero. Me pela la verga si me tiran —le dijo.



Mi interlocutor le respondió diciéndole que no fuera bobo, que se fuera con su familia, que dejara de robar, que invirtiera ese dinero en algo propio. Que pensara en el futuro.



—¡Pela la verga! Sin huecadas (mariconadas) de nada, yo te extraño un vergo. Lo que voy a hacer es que te voy a ir a ver un día...



Ese día nunca llegó. Aquella fue la última vez que los dos hermanos se hablaron. El 26 diciembre apareció muerto en Cobán, de dos balazos, el hermano de El Malvado.



Han pasado dos horas desde cuando entramos a esta jaula de concreto y el grupo que reía, a mis espaldas -cuando el Tyson hacía chiste de una tortura- se ha puesto impaciente. Es hora de que cumplamos con nuestra parte del trato, y eso pasa por sacar la pelota, avisar al guardia y salir a jugar un futbolito de seis contra seis. Tyson, Dos Caras y su gente versus El Malvado, mis contactos, y yo. Antes de terminar, El Malvado me confiesa que tiene miedo de que regrese El Malvado. El director de la cárcel quiere enviar a estos retirados a los talleres artesanales a un sector en donde su vida corre peligro. En donde matar es una costumbre. En donde defender la vida, seguro, se logrará aplicando la muerte. Yo, que me he quedado con una inquietud, aprovecho para preguntarle qué fue de los que mataron a su hermano. El Malvado me responde que no lo sabe.



—¿Qué hubieras hecho hace dos años, si hubieras tenido a su asesino en tus manos?



—¿Con el odio que andaba en ese rato? ¡Ay, carnal! ¿¡Qué no hubiera deshecho!? Me lo hubiera llevado a un lugar desolado, donde nadie pudiera oír nada y...

Fin

martes, 15 de marzo de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo VI


La locura de El Malvado - Capitulo VI


¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.


Autor: Daniel Valencia Caravantes


Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra/3530/


elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011

La guerra de El Malvado – CAPITULO VI -

Tenía 16 años y quería ser un guerrero despiadado. Disparaba Uzis y revólveres .40. Imitaba a aquellos con los que caminaba y, sobre todo, quería ser igual que Chupil, un pandillero con una taca en honor al gusano con el mismo nombre: “Que si te pega una punzada, te hace lata”.

Chupil alguna vez intentó convertirse en guerrero Kaibil, esa suerte de soldado superviviente de élite que entrena el ejército de Guatemala en la selva del Petén desde 1974. Los kaibiles son famosos por su destreza y por sobrevivir a condiciones extremas: ocho semanas de selva, 38 grados celsius, comiendo lo que sea. Máquinas para matar. Pero a Chupil lo echaron por mala conducta y terminó matando en otra guerra, en donde también tuvo soldados que lo respetaron.

El Malvado quería ser igual que Chupil, y se preguntaba: “¿Hasta dónde puedo llegar a ser malo?”. Chupil le enseñó a El Malvado que la guerra de las pandillas es como cualquier otra guerra. Les dijo a todos que no se piensa, se actúa y punto. “¡Simón!”, se le cuadraban.

Por eso, cuando salían a disparar a algún punto, los momentos de ira no tenían explicación.

—Son momentos, ¿me entendés? No importa si ellos están rodeados por su familia. Tu objetivo allí está y tu misión es ir a botarlos.

—¿Son momentos?

—Son momentos, ¿me entendés? Por el rencor y el odio que cargas, a veces no basta con solo matarlos. Yo no te voy a decir que hayamos decapitado, pero tuvimos a una bicha de esas dos letras. La tuvimos en las manos...

Un día, había corrido la noticia de que cerca del barrio unas pintas (otros muchachos) de la MS estaban manchando las paredes. Así que El Malvado y sus compañeros vigilaron la zona. Y en un callejón, “la patoja” fumaba un puro de marihuana. Ella se creía escondida, alejada del peligro. Pero se percató tarde de aquel que se le paró enfrente, blandiendo un machete.

—¡No me vayas a hacer nada, por favor! –le suplicó, pero El Malvado se puso a reír. Luego llamó a sus compañeros.

—¿Por qué no la dejaste ir? –le pregunto.

—Cuando uno anda con la malía adentro, uno lo que quiere es demostrar que no tiene piedad para nada.

—¿Qué le hicieron?

Decidieron que no la matarían en el callejón, y alguien recomendó llevarla a un cementerio de la zona. De noche. Para que nadie viera nada ni escuchara nada. Al llegar, la crucificaron, amarrándola a la cruz frente a un mausoleo.

—¡Esta maje tiene que sentir lo que es parir! —dijo uno de los locos.

Luego le amarraron también el cuello contra la cruz. Le quitaron el pantalón. Después el brasier. “La dejamos casi desnuda”. Entonces se acercó uno que comenzó a quitarle poco a poco un pecho con una navaja. Y la jaina, del dolor, miraba hacia arriba, y abría la boca lo más que podía, intentando gritar por última vez. Pero no podía, porque tenía un canuto de tela que se lo impedía.

El Malvado me cuenta esto y se retuerce en su silla. Aprieta las manos. Golpea sus piernas. No lo disfruta. Sus ojos poco a poco dejan la furia con la que iniciaron el relato y luego como que se apagan. Pierden el brillo. El Malvado se transforma en su víctima, y emite un rugido con la garganta, y mira hacia arriba, igual que lo hiciera ella 10 años atrás, cuando intentó gritar. Y el sonido es horrible, y El Malvado lo sabe -y yo lo sé- y entonces le cuesta impedir que los ojos se le quiebren. Los aprieta. No llora porque se resiste. Y sigue retorciéndose mientras ruge. Luego acaba el relato y agacha la cara. Se la sostiene con ambas manos.

—Ese patín no me llega porque me hace recordar todo lo que he hecho. ¡Que Dios me perdone, carnal! ¡Que Dios me perdone1

—¿Te jode recordar?

—Mucho.

—Disculpame que siga, pero, ¿por qué tenían que mutilarla?

—¡Ay, carnal! ¿Qué no se podría hacer en un momento de odio, cuando el rencor está adentro tuyo? Hacés cosas inesperadas, carnal.

El Malvado se recompone mientras me explica. Me dice que cada quien tenía que demostrar lo cruel que era. Que demostrar que todavía se tiene corazón es malo. Quita méritos, te hace un blanco de sospechas. Me dice que ver salir la sangre de la jaina de dos letras, después de que le rebanaran los pechos mientras estaba viva, después de romperle la tráquea con un machete, y después de dispararle 20 veces, era como si cada quien se saciara con ella. Como que cada quien desahogara contra ella todo lo que han vivido.

Continuará...

domingo, 13 de marzo de 2011

La Locura De El Malvado - Capitulo V -


La locura de El Malvado - Capitulo V -

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes


Boy soldiers CAPITULO V

Uvira y Fizi son dos regiones de la República Democrática del Congo. Ahí los niños están armados. Son “boy soldiers”. Cuando los reclutan los obligan a pasar un rito de iniciación: violar y matar en sus aldeas. La mayoría son obligados, pero hay muchos que se enlistan en esa guerra tribal para no aguantar hambre. Ya adentro, los hacen beber aguardiente y fumar marihuana. Ya adentro les dan fusiles Kaláshnikov. Los llaman “kadogos”.

En 2006, la Unicef denunció que el número de niños y niñas que formaban parte de las milicias o fuerzas armadas como combatientes, esclavos sexuales o sirvientes llegaba a unos 30 mil.

El Servicio de Refugio Jesuita monta un proyecto de desmovilización, reinserción y reintegración de kadogos. María de Felipe Calderón, una sicóloga española, decide apostarle a ese proyecto y lo dirigió durante dos años. El proyecto de María y de JRS, desmovilizó y reinsertó a unos 500 niños y niñas.

Hace tres semanas le escribí a María contándole las fotografías del joven con el pantalón bañado en sangre y la de la cabeza sin rostro. Le pedí, además, que me explicara qué queda de un joven expuesto a una violencia extrema. “¿Pueden rehabilitarse?”. María me respondió la carta hace algunos días:

—Me hablas de rehabilitar y preguntas si estos jóvenes, inmersos en un círculo de violencia, pueden rehabilitarse. Rehabilitar, según el diccionario de la Real Academia significa: "Habilitar de nuevo o restituir a alguien o algo a su antiguo estado". Si tenemos en cuenta esta definición no creo que puedan, no se les puede devolver a su antiguo estado. No son los mismos que eran. Han cambiado y mucho. Han sido testigos, víctimas y verdugos de historias, como las que tú cuentas, imposibles de olvidar y que formarán parte del pasado de cada chico y que les acompañarán siempre. Están marcados, con heridas que aunque se cierren, la cicatriz permanecerá siempre marcada en su piel (sicológicamente y físicamente: los mareros con tatuajes). Además, en esta definición, se habla de que una persona habilita o restituye a alguien y creo que es esa misma persona la protagonista activa, tú no le habilitas sino que ellos con el apoyo de la sociedad se habilitan de nuevo. Sin embargo, si salen, como tú dices, de este círculo de violencia, sí creo que estos chicos pueden vivir una vida "normal" (¿Qué es normal? Es tan relativo...)

Continuará...

domingo, 6 de marzo de 2011


La locura de El Malvado - Capitulo IV -The “Little Blue” history - CAPITULO IV -


¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes

Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra



20 de octubre de 2006. Stafford, Virginia, Estados Unidos. Un pandillero de la Mara Salvatrucha está a un paso de caminar por el pasillo de la muerte. Está acusado de asesinar, junto a un joven de 17, a Shannah Marie Ángeles, de 21. En Virginia, el secuestro y asesinato merecen la pena capital. Los acusadores quieren pedir esa condena al jurado, pero la defensa quiere salvarle la vida a “Little Blue”, entonces de 31 años.

La defensa le pide ayuda a un especialista en hechos atenuantes llamado Richard McGough. A McGough con frecuencia terminan creyéndole en Estados Unidos a la hora de que los fiscales evalúan pedir pena capital o no para un delincuente. Antropólogo de la Universidad de Carolina del Norte, él es invocado por la defensa cuando en los casos hay que bucear profundo en territorios inexplorados. Como lo hiciera el mejor buzo, McGough se sumerge en las historias, descubriendo recuerdos hundidos de los acusados. En los últimos 23 años ha colaborado en más de 70 casos de pena capital, y siempre intenta –me dice- convencer a los fiscales de que ocurrió algo en la vida de los acusados que de no haber pasado, a lo mejor –un quizá razonable- estos no hubieran hecho lo que hicieron. Para lograr todo esto, McGough cita a expertos, conjuga investigaciones científicas y habla de unos lóbulos frontales que en la adolescencia todavía no se han desarrollado, un descubrimiento que ocurrió muchos años atrás, cuando un científico de nombre Jay N. Giedd metía niños en un túnel para que el túnel develara los secretos que hay en sus cerebros. Luego invoca a más especialistas para explicar que si algo traumático ocurrió en la adolescencia de sus clientes, es probable que esos lóbulos hayan quedado averiados para siempre. Para siempre. Pero como dijimos, para que McGough logre atar los cabos, debe bucear profundo en las historias de vida de sus clientes. Historias como la de Little Blue.

Aquella vez, McGough armó maletas, tomó un avión y salió desde Virginia, Estados Unidos, hasta San Miguel, El Salvador. Viajó para encontrar una pista que salvara la vida de Little Blue. Y sólo lo podría lograr si era capaz de entender plenamente la vida de José Santos Portillo, salvadoreño nacido en 1975 en San Luis de la Reina, en el norte de San Miguel.

Cuando Portillo era niño, las metralletas que rugían cerca del pueblo lo asustaban. Otras veces, muchas veces, la guerra le rozaba los talones cuando huía de los enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla junto a su familia. Portillo, un niño inocente, que nada le debía a los dos bandos en conflicto, que nada tenía que ver con ellos, creció con miedo.

Un día, después de tanto huirle a la guerra, Portillo terminó viviendo en el pueblo de Chapeltique, al sur de su poblado natal. Un día, después de muchos días, el adolescente fue brincado por vatos de la Mara Salvatrucha que habían llegado deportados. Y ellos le hicieron ver cosas y le pidieron que hiciera cosas.

Un día, después de tantos días, Portillo decidió marcharse. Y recorrió un largo camino hacia el norte, hacia el lugar del que habían venido aquellos que lo brincaron. Y todo lo que había sufrido en la guerra, el impacto de las huidas, el miedo pisándole los talones, se fueron también con él. La pandilla lo ubicó rápidamente. En Virginia, Portillo trabajaba en una pizzería, mandaba remesas a su abuela y vivía una vida “normal”. Pero un día, el 22 de julio de 2006, la pandilla le pidió que hiciera algo. Y él ya no podía negarse.

Richard McGough recogió esta información y regresó a Estados Unidos. Ese era su atenuante. La defensa convenció a los acusadores –antes de ir a juicio- de que si Portillo no hubiera sufrido los traumas que sufrió, hubiese existido una posibilidad de que no actuara como actuó. Para explicar esto apeló a la ciencia, y a lo que la ciencia habla sobre los lóbulos frontales mal desarrollados en el cerebro. De cómo esto afecta a niños y adolescentes. De cómo la exposición –y actuación- en un ambiente violento condiciona -para mal- a un ser humano. Portillo salvó su vida, y ahora cumple cadena perpetua en la prisión.

Hace dos fines de semana, le conté al especialista el caso detrás de la fotografía en donde tres jóvenes están esposados sobre la cama de un pick up, y uno de ellos lleva el pantalón bañado en sangre. Le pedí que me explicara, desde su experiencia, si estas nuevas teorías científicas pueden ayudarme a encontrar una respuesta a mis preguntas.

—En parte —me responde-. Sería incorrecto plantear que un joven de 16 años decidió por su parte, solo, matar de esa manera. Quizá un joven de 16 años hizo algo tan horrible porque quizá había otra persona mayor que se lo demandó. Siempre es importante tratar de entender las circunstancias.

—¿Por qué un joven pandillero puede matar a sangre fría?

—Creo que todo converge en la unión de razones sociales con razones químicas, físicas y orgánicas. Primero, uno tiene que considerar las condiciones sociales. ¿Quiénes son los más afectados por la violencia? Los jóvenes que son víctimas de las pandillas. ¿Qué son los pandilleros? No vienen de las familias ricas, de las familias que tienen recursos, entrenamiento moral, posibilidades. Siempre son los jóvenes pobres los afectados. Los reclutan las pandillas porque son débiles, no tienen apoyo social, familia, recursos, nada.

—¿El problema no está en su cabeza?

—Sí, también. Hay razones químicas y físicas que pueden explicar –quizá- que el crecimiento anormal del cerebro de estos jóvenes, posibilite que puedan cometer algo así. Porque no tienen la capacidad de considerar las consecuencias. Pero bueno, tampoco hay entrenamiento moral que combata esto. Las fuentes morales son la escuela, las iglesias... tú conoces mejor cómo está eso en tu país.

—Portillo participó de un asesinato siendo adulto. ¿Alguien que estuvo expuesto a la violencia, que la ejerció joven, no tiene retorno?

—Hay ejemplos de jóvenes que han salido de esa vida. En África hay muchos boy soldiers que han salido de eso y son normales, entre comillas. Han llegado al punto de ser seres humanos moralmente. Es que se entra en terreno desconocido cuando uno habla de un ser humano normal...

Continuará...