domingo, 27 de febrero de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo III -


La locura de El Malvado - Capitulo III -

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes

Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra/3530/
 
elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011

Pequeña historia de un descubrimiento CAPITULO III

En 1991, intentando comprender a niños inquietos, el doctor estadounidense Jay N. Giedd hizo un hallazgo que posiblemente explique a los asesinos despiadados. Durante muchos años, el doctor metió la cabeza de niños y adolescentes en el túnel de una máquina que disparaba lucecitas blancas. Viendo por aquí, hurgando por allá, seis horas para el almuerzo, el postre, el café y la siesta -por aquellos años ese tiempo tardaba el revelado de las resonancias magnéticas- de la máquina salían un montón de perlas preciosas, imágenes superpuestas una sobre la otra de un cerebro con químicos y neuronas en crecimiento.

Giedd le contó de su juego a otros científicos como él, y estos también quedaron embobados con aquellos tesoros encontrados por su colega. Y entonces estos también metieron a más niños de cabeza en túneles que tiran lucecitas, para intentar encontrar su propia perla mágica.

19 años después, en 2010, la fiebre desatada por los juegos de Giedd llevaron a concluir -a más de 500 autores de 80 instituciones diferentes en Estados Unidos- que los niños y jóvenes no tienen desarrollados, en el cerebro, a los lóbulos frontales. Estos lóbulos, dijeron, son los encargados de controlar el comportamiento del ser humano bajo una regla clara: el raciocinio, o la capacidad de discernir las consecuencias de los actos. Los adultos por eso piensan más las cosas, dijeron. Los niños y jóvenes, en cambio, con lóbulos en crecimiento, disparan un gatillo rebelde, una reacción más emocional, dominada por la amí gdala, para entender el mundo. Para sobrevivir en él. En los jóvenes, la excitación, la rebeldía, la necesidad por enfrentar riesgos sin medir las consecuencias fueron características descubiertas por meter tanto, de cabeza, a más de 2 mil jóvenes adentro de un túnel de resonancia magnética durante 19 años.

Desde 1991, Giedd y otro centenar de científicos codiciosos siguieron buscando más tesoros, y terminaron diciendo que a ese gatillo disparado por la amígdala puede ponérsele seguro de protección, si las influencias del entorno (familia, escuela, sociedad, medios de comunicación...) ayudan a un normal desarrollo del cerebro racional. Pero si el entorno maltrata al cerebro en desarrollo, puede que los lóbulos frontales resulten dañados para siempre. Para siempre. Gatillos vólatiles que se activan en entornos de riesgo. Un joven expuesto a la violencia, puede gustar de la violencia si no recibe un tratamiento riguroso para dominar sus traumas, traumas que pueden llevarlo a reaccionar, de nuevo, en casos extremos, como una persona violenta. Despiadada.

El Malvado encuentra un machete

Dos semanas después de que el muchacho se convirtió en homicida, su padre regresó al campo donde lo había dejado en un último intento desesperado por acercársele como nunca lo había hecho. Pero el padre que creyó hacer bien dejándolos solos por las noches cuando tomaba, y en el día, cuando trabajaba, supo que todo estaba perdido cuando su hijo lo desafió por primera vez. Dos semanas después de regresar, el papá encontró a su hermano pintándole algo en el brazo al hijo mayor. Y su hijo, emocionado, lo retó con la mirada.

Días después de su primera mancha en el cuerpo (sus iniciales), el muchacho y su tío comenzaron a frecuentarse menos. El muchacho interpretó que su padre había alejado a su tío, así que decidió desquitarse. Su padre, que había dejado la ciudad para venir a trabajar al campo, siempre cargaba dos machetes. Uno se lo llevaba y el otro lo dejaba en la casa. Un día, el muchacho encontró el machete. Lo cargó, lo examinó y probó escondérselo adentro del pantalón. Luego, decidió robárselo a su papá. El muchacho, todavía de 11 años, era muy pequeño. El machete se le notaba a leguas colgándole debajo del pantalón. Como no quería que lo descubrieran, fue a buscar a su tío para pedirle consejo. Entonces entendió que su tío se había alejado de él por otras razones. De 22 años, estaba agotado, quería otra vida. El muchacho se sintió abandonado. Y por más que su tío le dijo que no siguiera sus pasos, que no persiguiera a la pandilla, él le insistía en que se dejara de mierdas, que le enseñara a esconderse el machete. El tío accedió.

—La jura siempre te va a marcar a la hora de caminar. No te lo pongas ahí. Conseguí una cinta de zapato, le amarrás la cacha y te lo ponés cruzado en la espalda.

—¡Simón! —respondió el muchacho.

—Al que te haga mates, ¡pegale!

—¡Simón!

Un día, el padre encontró a su hijo sacándole filo al machete. Ya sabía que ese machete tenía un nuevo dueño que no lo usaría en el campo. Entonces el padre resolvió decirle a su hijo aquello que el muchacho todavía no había conceptualizado:

—¡Vos sos malo! —le dijo—. ¿Pero quién te enseñó a ser así? Yo nunca te enseñé a que fueras así.

El muchacho no le respondió. Se detuvo un momento, alzó la vista, unos segundos, congeló a su padre con la mirada, encogió los hombros y regresó a su faena.

Luego pasó el tiempo, y con él, las tardes, y en las tardes, al muchacho le gustaba regresar a casa para juntarse con su machete. Y lo acariciaba. Una y otra vez.

—Lo pasaba limando, al regresar de estudiar. Y al palmarlo: ¡tuanis!

El machete estaba afilado. Para cuando el muchacho cumplió los 12, su tío ya se había marchado. Pero él encontró a otros a quienes seguir. Detectó una clica, se presentó y les contó sus méritos en la ciudad. Les dijo que hizo paros, movió drogas y armas. Luego les contó la colaboración que prestó en el asesinato de la pinta aquella.

—¿Jalas el gatillo? —le preguntaron.

—Yo la neta que con esto pego —les dijo, y desenvainó su espada cual He-Man. Todos rieron, al verlo tan pequeño, tan moreno y tan osado.

—¿Estás dispuesto a poner el pecho por alguien? —siguieron.

—¡Simón!

—Ya vamos a ver si es cierto —le dijeron.

Luego lo llevaron a tirar con una .38 y con una .22. El muchacho aprendió, entonces, que matar puede llegar a ser una costumbre. A los 12 años ya se había convertido en un homicida múltiple, que disparaba balas y pegaba con machete. En una de esas misiones un pandillero se fijó en su conducta y decidió darle una taca. Lo llamó “El Malvado”....

Continuará....




















































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