domingo, 27 de febrero de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo III -


La locura de El Malvado - Capitulo III -

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes

Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra/3530/
 
elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011

Pequeña historia de un descubrimiento CAPITULO III

En 1991, intentando comprender a niños inquietos, el doctor estadounidense Jay N. Giedd hizo un hallazgo que posiblemente explique a los asesinos despiadados. Durante muchos años, el doctor metió la cabeza de niños y adolescentes en el túnel de una máquina que disparaba lucecitas blancas. Viendo por aquí, hurgando por allá, seis horas para el almuerzo, el postre, el café y la siesta -por aquellos años ese tiempo tardaba el revelado de las resonancias magnéticas- de la máquina salían un montón de perlas preciosas, imágenes superpuestas una sobre la otra de un cerebro con químicos y neuronas en crecimiento.

Giedd le contó de su juego a otros científicos como él, y estos también quedaron embobados con aquellos tesoros encontrados por su colega. Y entonces estos también metieron a más niños de cabeza en túneles que tiran lucecitas, para intentar encontrar su propia perla mágica.

19 años después, en 2010, la fiebre desatada por los juegos de Giedd llevaron a concluir -a más de 500 autores de 80 instituciones diferentes en Estados Unidos- que los niños y jóvenes no tienen desarrollados, en el cerebro, a los lóbulos frontales. Estos lóbulos, dijeron, son los encargados de controlar el comportamiento del ser humano bajo una regla clara: el raciocinio, o la capacidad de discernir las consecuencias de los actos. Los adultos por eso piensan más las cosas, dijeron. Los niños y jóvenes, en cambio, con lóbulos en crecimiento, disparan un gatillo rebelde, una reacción más emocional, dominada por la amí gdala, para entender el mundo. Para sobrevivir en él. En los jóvenes, la excitación, la rebeldía, la necesidad por enfrentar riesgos sin medir las consecuencias fueron características descubiertas por meter tanto, de cabeza, a más de 2 mil jóvenes adentro de un túnel de resonancia magnética durante 19 años.

Desde 1991, Giedd y otro centenar de científicos codiciosos siguieron buscando más tesoros, y terminaron diciendo que a ese gatillo disparado por la amígdala puede ponérsele seguro de protección, si las influencias del entorno (familia, escuela, sociedad, medios de comunicación...) ayudan a un normal desarrollo del cerebro racional. Pero si el entorno maltrata al cerebro en desarrollo, puede que los lóbulos frontales resulten dañados para siempre. Para siempre. Gatillos vólatiles que se activan en entornos de riesgo. Un joven expuesto a la violencia, puede gustar de la violencia si no recibe un tratamiento riguroso para dominar sus traumas, traumas que pueden llevarlo a reaccionar, de nuevo, en casos extremos, como una persona violenta. Despiadada.

El Malvado encuentra un machete

Dos semanas después de que el muchacho se convirtió en homicida, su padre regresó al campo donde lo había dejado en un último intento desesperado por acercársele como nunca lo había hecho. Pero el padre que creyó hacer bien dejándolos solos por las noches cuando tomaba, y en el día, cuando trabajaba, supo que todo estaba perdido cuando su hijo lo desafió por primera vez. Dos semanas después de regresar, el papá encontró a su hermano pintándole algo en el brazo al hijo mayor. Y su hijo, emocionado, lo retó con la mirada.

Días después de su primera mancha en el cuerpo (sus iniciales), el muchacho y su tío comenzaron a frecuentarse menos. El muchacho interpretó que su padre había alejado a su tío, así que decidió desquitarse. Su padre, que había dejado la ciudad para venir a trabajar al campo, siempre cargaba dos machetes. Uno se lo llevaba y el otro lo dejaba en la casa. Un día, el muchacho encontró el machete. Lo cargó, lo examinó y probó escondérselo adentro del pantalón. Luego, decidió robárselo a su papá. El muchacho, todavía de 11 años, era muy pequeño. El machete se le notaba a leguas colgándole debajo del pantalón. Como no quería que lo descubrieran, fue a buscar a su tío para pedirle consejo. Entonces entendió que su tío se había alejado de él por otras razones. De 22 años, estaba agotado, quería otra vida. El muchacho se sintió abandonado. Y por más que su tío le dijo que no siguiera sus pasos, que no persiguiera a la pandilla, él le insistía en que se dejara de mierdas, que le enseñara a esconderse el machete. El tío accedió.

—La jura siempre te va a marcar a la hora de caminar. No te lo pongas ahí. Conseguí una cinta de zapato, le amarrás la cacha y te lo ponés cruzado en la espalda.

—¡Simón! —respondió el muchacho.

—Al que te haga mates, ¡pegale!

—¡Simón!

Un día, el padre encontró a su hijo sacándole filo al machete. Ya sabía que ese machete tenía un nuevo dueño que no lo usaría en el campo. Entonces el padre resolvió decirle a su hijo aquello que el muchacho todavía no había conceptualizado:

—¡Vos sos malo! —le dijo—. ¿Pero quién te enseñó a ser así? Yo nunca te enseñé a que fueras así.

El muchacho no le respondió. Se detuvo un momento, alzó la vista, unos segundos, congeló a su padre con la mirada, encogió los hombros y regresó a su faena.

Luego pasó el tiempo, y con él, las tardes, y en las tardes, al muchacho le gustaba regresar a casa para juntarse con su machete. Y lo acariciaba. Una y otra vez.

—Lo pasaba limando, al regresar de estudiar. Y al palmarlo: ¡tuanis!

El machete estaba afilado. Para cuando el muchacho cumplió los 12, su tío ya se había marchado. Pero él encontró a otros a quienes seguir. Detectó una clica, se presentó y les contó sus méritos en la ciudad. Les dijo que hizo paros, movió drogas y armas. Luego les contó la colaboración que prestó en el asesinato de la pinta aquella.

—¿Jalas el gatillo? —le preguntaron.

—Yo la neta que con esto pego —les dijo, y desenvainó su espada cual He-Man. Todos rieron, al verlo tan pequeño, tan moreno y tan osado.

—¿Estás dispuesto a poner el pecho por alguien? —siguieron.

—¡Simón!

—Ya vamos a ver si es cierto —le dijeron.

Luego lo llevaron a tirar con una .38 y con una .22. El muchacho aprendió, entonces, que matar puede llegar a ser una costumbre. A los 12 años ya se había convertido en un homicida múltiple, que disparaba balas y pegaba con machete. En una de esas misiones un pandillero se fijó en su conducta y decidió darle una taca. Lo llamó “El Malvado”....

Continuará....




















































domingo, 20 de febrero de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo II -


La locura de El Malvado - CAPITULO II -

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes

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elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011
 
El Malvado CAPITULO II

El muchacho sintió por primera vez cómo duele la ira cuando tenía 11 años. Su tío acababa de someter a un rival, y él, que ni lo conocía, que ni sabía cuál era el problema entre los dos, acabó lo que su tío había comenzado. Para acabarlo, utilizó un adoquín.

Ahora que el muchacho es adulto, cree que la respuesta al porqué de la decisión que tomó aquella tarde comenzó en un laberinto al que entró cuando tenía seis años. A esa edad, el muchacho vivía con su madre, que se había alejado de su padre. Él recuerda que algunas noches, hombres extraños llegaban a buscarla a su puerta y se la llevaban quién sabe a dónde. Le daban cigarros, preguntaban por ella y se la llevaban. Siempre se la llevaban. Pero un día, dos años después de ir y venir pretendientes, su madre decidió que quería otra familia y que los que se irían, entonces, serían sus primeros dos hijos. El muchacho y su hermano, tres años menor, iban a vivir con su papá.

Cuando el muchacho tenía ocho años, miraba que a su padre siempre se lo llevaba la mañana. Y cuando se iba, su padre siempre se despedía mal. En el colegio sus amigos le contaban de caricias y cariños, de mimos. Pero a él y a su hermano, su padre solo les dejaba cuatro longanizas fritas sobre la cacerola y 20 quetzales para que resolvieran el almuerzo y la cena. “Ahí está para que coman”, les decía, antes de marcharse.

A su padre, las noches siempre lo regresaban. Pero había unas noches en que se lo quedaban, que se lo quitaban al muchacho. Esas noches, el padre se quedaba trabajando hasta la madrugada, y dejaba a sus hijos durmiendo solos. En una de esas noches, al muchacho le tocó ver cómo el viento desbarataba las láminas bajo las que dormían, cómo la lluvia les penetraba por los poros, calándoles en los huesos. Le tocó oír cómo lloraba su hermano por el frío. El aguacero mojó todo. Y las únicas dos láminas que encontró las atravesó sobre la cama, donde fue a acostar a su hermanito.

—Venite, carnal, dormite —le decía-. Aquí me voy a quedar yo.

Había otras noches, las de fin de semana, que también se robaban a su padre. Estas lo devolvían más temprano, porque ya se habían saciado con su compostura. El papá regresaba borracho, y golpeaba salvajemente el corazón de su hijo mayor. “¡Por culpa de ustedes abandoné a mi mujer!”, les gritaba.

—Entonces le decía a mi carnal: ese vato va a venir a verga. ¡Volemos a la verga de aquí! Me ponía una mi chumpa, mi gorro, ¡fum! Un pantalón y pants por dentro. Los tenis y dos pares de canutos. Igual le hacía a mi carnal sus chivas. Y nos íbamos a vagabundear en las noches. Lo agarraba de la mano, caminaba delante de él.

Caminaban bajo la fría noche guatemalteca. En uno de esos viajes, encontró a uno que le contó de otros que eran como una familia. Y a él esa idea le gustó. Así que cuando no cuidaba de su hermano, se iba a caminar con sus nuevos amigos. Con ellos aprendió que el respeto se consigue sobre la base de méritos, y que para conseguir méritos se tiene que hacer cosas. Durante tres años repartió droga para la pandilla y esta le devolvía dinero y respeto. Mientras su papá, cuando podía, le dejaba dos quetzales diarios para ir a la escuela, la pandilla le daba 100, 150. Lo vestía y calzaba. “Si vos hacés un paro, la pandilla te va a recompensar. Si vos ponés el pecho por la pandilla, la pandilla pondrá el pecho por vos”, le decían.

—Yo miraba que había otros patojos que llevaban cinco varas, diez varas, dándoselas de grandes ahí, acaparados. Entonces te arriesgas dejando el paquete. Es algo que te vuelve más ambicioso.

El muchacho también descubrió que moviendo armas para la pandilla ganaba más méritos, pero luego comprendió que aquel al que le entregaba el arma ganaba más respeto que él. Muchas veces vio cómo felicitaban a uno que se acababa de bajar a un rival y él quería sentir esa emoción. Quería ser soldado.

—Los que ya tenían posibilidad de jalar del gatillo... y se drogaban... Era mejor recompensa todavía.

Pero un día, su padre intentó apagar su ambición. Su madre ya lo había dejado y ahora su padre le quitaba a su nueva familia, cuando descubrió que guardaba una bolsa cargada de marihuana en el maletín. Su padre se los llevó al campo. Los dejó solos de nuevo y se regresó a la ciudad.

En ese lugar, al mayor lo veían de menos por sus pantalones holgados y sus dombas (zapatillas deportivas). Ahí, su abuela, cada vez que descubría la vagancia, lo golpeaba con fuerza. Pero cuando más le dolía al muchacho era cuando ella lo menospreciaba por ser diferente. La abuela, queriendo sacarle lo rebelde, más se lo hundía. El niño, que estaba entrando a la adolescencia, odiaba. Con todas sus fuerzas. A todos. Sólo su hermano menor se salvaba, porque su carnal era como su hijo.

Otro día todo cambió de nuevo. Un día apareció su tío, un pandillero de una clica de la zona y el muchacho encontró con quién caminar otra vez. “¿Vos qué pedos?”, le dijo. Luego, otro día, cerca del barrio, los dos se toparon con un rival de su tío. Era de noche. El otro joven descansaba recostado en un muro, así que su tío le pegó una patada en el pecho. Sin previo aviso. La “pinta” (el otro) cayó en el desagüe, metro y medio abajo, con la mitad del cuerpo sumido en el tragante y las patas y los brazos hacia arriba.

El muchacho -que pudo decidir no actuar, ser un testigo nada más- decidió aventarse. Participar. ¿Pero por qué? Sabía que así ganaría respeto. Eso sucedía siempre que alguien se aventaba. Y en aquella ocasión quería el respeto de su tío. Así que tomó un adoquín que estaba cerca, apuntó a la cabeza del enemigo y lo dejó caer. Fuerte y sin remordimientos. Sin pensarlo mucho.

—En donde marco que el vato cae hasta abajo, lo primero que hago es ir a traer un pedazo de adoquín, porque estaban reparando toda la calle. Se la dejo caer al vato en todo el coco, ¿me entendés? Le desparramé el cerebro. Eran como las 6 de la tarde.

Más noche, aquella noche, llegó a su casa, se enjuagó las manos y cenó junto a su abuela, su hermano y su cómplice.

—¿No tuviste miedo? —le preguntó su tío antes de dormir.

—¡No´mbre! —contestó el muchacho.

—¡Qué pisado!

Entonces el muchacho durmió alegre y profundo hasta el día siguiente, hasta que se levantó temprano, se bañó, se cambió y salió rumbo a la escuela, para recibir sus clases diarias de segundo ciclo. En el trayecto encontró una escena policial: forenses levantaban un cuerpo sin vida de un tragante ubicado en una comunidad de pobres. El muchacho, sin perturbarse, continuó su recorrido.

Por la noche, su tío le informaría aquello que ya sabía.

—Vos, ¿viste que esa pinta se peló? —le dijo.

—¡Ala! ¡Te pela la verga! De todas maneras...

Le pregunto a mi interlocutor por qué escogió matar, y me responde que porque sentía cómo el rencor de su tío corría también por sus venas.

—¿Qué sentiste cuando le aventaste el adoquín?

—Odio, carnal. Odio. Solo sentía odio. Lo que quería era verlo sufrir. Más que todo lo que quería era verlo sufrir. Y decía, en mi mente: ¡con esto lo voy a hacer verga! Y mi intención, desde que agarré el adoquín, era matarlo.

—¿Pero por qué?

—Porque no me iba a quedar con las manos vacías. Si me quedaba tranquilo, mi tío hubiera dicho que yo no andaba en nada. Si aquel le pegó un punzón, vos le tenés que pegar el otro para que se muera de una vez. Esa es la misión.

—¿Qué sentiste cuando todo había pasado?

—No sé, como un desahogo. Como un desahogo del odio que llevaba cargando, no contra mí, sino contra todo lo que había visto y vivido hasta ese momento.

Continua la próxima semana....




































































martes, 15 de febrero de 2011

La Locura de El Malvado - Capitulo I -


La locura de El Malvado - SIETE CAPITULOS -

¿Qué hace que un joven mate a sangre fría? ¿Es la guerra de pandillas? ¿Por qué ocurre lo mismo en el Congo, donde los boy soldiers disparan y mutilan en una guerra tribal? ¿Están locos? En Estados Unidos, un científico halló una pista en el cerebro de los jóvenes y un especialista en hechos atenuantes utiliza esto para salvar la vida de condenados a la pena capital.

Autor: Daniel Valencia Caravantes

Enlace: http://www.elfaro.net/es/201102/salanegra/3530/

elfaro.net / Publicado el 13 de Febrero de 2011

LA LOCURA DE EL MALVADO – CAPITULO I -

Cuando entramos a la pequeña jaula de concreto, el Dos Caras tejía una cartera de lana roja con dos manos que en otros tiempos se sabían despiadadas, capaces de infligir los más terribles tormentos. Pero aquella tarde de enero eran más bien dos manos delicadas realizando ese trabajo con el que uno usualmente asocia a las madres o a las abuelitas. El Dos Caras tejía mientras caminaba, silencioso, de un extremo a otro del cuarto. Cuando venía del fondo, con el perfil derecho a la vista, pasaba inadvertido. Pero cuando regresaba, asustaba. Su perfil tatuado por completo era escalofriante.

Al cabo de un rato, el Dos Caras dejó de dar vueltas y se unió a una tertulia que ocurría a mis espaldas. En esta pequeña jaula de concreto hay otros iguales a él. Son guerreros de otra época, que ahora se saben traidores. Allá afuera, por más que hayan matado mucho, son presa fácil. Yo fui a buscarlos porque son los únicos que pueden saciar la curiosidad que llevo en las entrañas. Cuando fueron soldados, se comportaron como animales. Cuando jóvenes mataron a sangre fría y quiero saber cómo fueron capaces de hacerlo. ¿Qué les pasaba por la cabeza? ¿Estaban locos?

Cuando el Dos Caras se acercó al otro grupo, yo ya había escogido a otro que con sus manos alguna vez arrulló un machete con la devoción del mejor herrero. Este mató por primera vez cuando era demasiado niño -a mi manera de ver- y por eso lo seleccioné de entre todos los demás. Mientras le explicaba el motivo de mi visita, en el otro grupo todos reían a carcajadas. Uno de los anfitriones –negro y fornido- dramatizaba aquella vez en la que con un cuchillo despellejó tanto a su víctima que la mató sin querer. Pelaba los ojos y hacía como que cortaba algo con un cuchillo. Y lo hacía ver bastante cómico, a juzgar por las risas. Ya me habían dicho que esta copia casi perfecta de Mike Tyson era un caso especial, un comediante nato. Aquella tarde lo demostró, porque solo alguien con gracia puede hacer de una tortura un chiste.


Con mi interlocutor estábamos sentados cerca de la ventana hecha de rejas, a cinco metros del otro grupo. Dejó de retocar el escudo del equipo de fútbol de los Cremas de Guatemala -que había pintado sobre un pedazo de durapax- para atenderme. Mi interlocutor estaba sin camisa, exhibiendo los tatuajes en el cuello, el abdomen moreno y el brazo derecho flaco. "¿Cómo son capaces de hacer eso? No los entiendo", le dije, luego de contarle el contenido de dos fotografías.

Historia de dos fotografías

En la primera fotografía hay tres muchachos sentados sobre la cama de un pick up. Van esposados. El más joven esconde el rostro debajo de la camisa. El otro está rapado y tiene una mancha de sangre en el hombro. Y el tercero, el que más llama la atención, tiene el pantalón bañado en sangre. La mancha baja por el muslo y se extiende por toda la pierna, hasta el ruedo. La sangre en ese pantalón era de Julio, joven cortador de granos de café en Lourdes, Colón, uno de los municipios más violentos de El Salvador. La víctima era simpatizante de la Mara Salvatrucha y la mataron porque ofendió a un pandillero. A Julio, de 16 años, lo degollaron. Uno de sus verdugos, José, también tiene 16. Lo picaron con una vara e intentaron cortarlo en trozos con un machete, pero llegó la policía. “Capturados en flagrancia”, tituló La Prensa Gráfica el 5 de noviembre de 2010.

En la segunda imagen, de una bolsa abandonada en el suelo, sobre la carretera, un policía saca un jeans azul húmedo de manchas rojas. El pantalón es pequeño. Quien lo usó era delgado. En la bolsa también hay dos brazos. De la muñeca de uno cuelga una pulsera de tela. La pulsera también va húmeda. En la bolsa también hay dos piernas y un torso sin extremidades. En la bolsa también hay dos orejas y una máscara. Una máscara hecha con piel humana (que tiene huecos donde irían los ojos, cejas y pestañas). Con un corte perfecto lograron dejar intacta la nariz y los labios. Labios de adolescente. Un kilómetro más abajo de donde se tomó la foto, hay una cabeza humana, mutilada, en el fondo de un barril. La foto fue tomada por la policía el 7 de febrero de 2010 sobre la carretera de Lourdes, Colón. Semanas después los investigadores descubrirán que la cabeza tenía 13 años, y que los sospechosos verdugos no han alcanzado la mayoría de edad.

Terminé de describirle estas fotografías a mi interlocutor, en aquella jaula de concreto, y le dije que no entendía el por qué detrás de esta saña. ¡Cómo, tan jóvenes, son capaces de hacer eso! Entonces me respondió:

—Tú no nos comprendes porque no has vivido lo que nosotros hemos vivido.

Luego me dijo que para entenderlos, para comprender sus razones, tenía que conocer sus historias. Él accedió a contarme la suya....

Para la próxima publicación la continuación de este testimonio dantesco de asesinos sin escrupulos...


























domingo, 6 de febrero de 2011

SECUESTRO EXPRESS

Esta forma de delito surge en México a finales de los años noventa con la caída de los grandes grupos de secuestradores inicialmente en regiones norteñas como Monterrey y Sonora.

Características 

Se caracteriza por ser un secuestro de corta duración con el fin de obtener de la víctima todo el dinero posible ya sea de sus cuentas bancarias o del dinero disponible en efectivo que su familia reúne en un espacio de pocas horas o espacios de tiempos no mayores a un par de días. Debido al menor grado de experiencia de los delincuentes  a veces derivados del robo de auto con violencia, puede o no terminar con el asesinato del secuestrado.

Es la segunda modalidad de secuestro en México liderado por el llamado secuestro virtual, principalmente surgida debido a los problemas para los delincuentes de lograr secuestros a largo término como sucede en Colombia con las FARC o los grandes carteles del naecotrafico muy relacionados al secuestro, ya sea por la ausencia de infraestructura por ejemplo: casas de seguridad, armamento, logística, entre otros apartados.
Es fácil confundirlo con un asalto normal. La poca confianza en las autoridades y la participación de las mismas en este delito influye en el ánimo de la víctima para denunciarlo.

A diferencia del secuestro normal, está enfocada a cualquier persona que no tenga medios para pagar por la seguridad privada para protegerse.

Se practica casi rutinamente en toda Latinoamerica como un negocio para mucha gente baja, especialmente en Mexico desde la década de los 90. Tiene variaciones de país a país. Además la mafia latinoamericana lo importó a los Estados Unidos (Tejas, Arizona, Florida, California) y España. La mafia rusa tambien lo utiliza en países de Europa como Rusia y Paises del Este aunque no es tan extendido y en la mayoria de los casos solo se limita al mundo criminal. Es, además, una de las modalidades de secuestro practicados por delincuentes en Irak.

Paseo Millonario

El paseo millonario es un caso particular de secuestro exprés. La persona es privada de la libertad en el momento que toma un taxi. El conductor detiene el vehículo más adelante y recoge a uno o dos pasajeros que intimidan a la víctima con un arma blanca o de fuego.

El secuestro express en España

En general, las organizaciones delictivas que se dedican al secuestro instantáneo en diferentes partes de España están compuestas por matones a sueldo que asaltan a la víctima en plena calle o en su negocio, la someten a una gran presión psicológica, la maltratan a veces físicamente y después se ponen en contacto con la familia, a la que exige el pago de un rescate en pocas horas, o como máximo en un par de días.

La policía cree que estas organizaciones delictivas, que en algunos casos podrían estar conectadas a redes mafiosas más complejas, carecen de la logística necesaria para mantener más de 48 horas secuestrada a la víctima. Es por este motivo que los secuestradores, en general, no suelen pedir cantidades de dinero excesivamente importantes, aunque todo dependerá de la disponibilidad económica del cautivo. La estrategia de los delincuentes consiste, básicamente, en que la operación se cierre rápidamente y evitar dar ninguna pista a las fuerzas de seguridad.

Según las investigaciones policiales, el perfil de las víctimas de los 'secuestros express' corresponde a personas de ambos sexos y de mediana edad. Por lo general, son conocidas en la ciudad o en el barrio donde residen por sus prósperas actividades empresariales o profesionales.

En muchos casos, los secuestrados suelen ser dos o tres individuos que se ponen de acuerdo para asaltar a una persona a la que ya han seguido antes o de la que conocen aspectos clave de su vida y de sus actividades empresariales. A veces, buscan a la víctima en una gasolinera o en los aparcamientos de los centros comerciales, o bien cuando salen de alguna oficina bancaria o de la empresa donde trabajan.

Los asaltantes abordan a la víctima cuando se dirige a recoger su coche, le amenazan, le roban las tarjetas de crédito y los talonarios de cheques y hasta le obligan a ir a un cajero automático y retirar dinero. Después, pueden llevar al secuestrado, tras cubrirle la cabeza con una capucha y haberlo apaleado, a una casa o un bosque. Hay casos en los que los delincuentes amenazan de muerte a la víctima y hasta realizan algún disparo al aire para asustarla. Una vez que ya tienen en sus manos toda la documentación de la víctima, los delincuentes se ponen en contacto con la familia y, a veces, hasta se dirigen a su domicilio.

En el caso del empresario de Viladecans, los secuestradores fueron a su casa, agredieron a uno de sus hijos, dispararon en la zona genital al hermano de la víctima y robaron numerosas joyas y dinero antes de marcharse. Ya le habían robado antes al empresario un cheque de 24.000 euros y obligado a sacar 900 euros de un cajero automático.

En los países de América Latina donde el 'secuestro express' es en una práctica cotidiana, la policía recomienda a las víctimas potenciales que intenten ser prudentes en caso de asalto; si tienen que negociar con sus captores es mejor que nunca digan la palabra 'no' y utilicen respuestas claras, por ejemplo, decirles: 'Miren, ustedes, quieren dinero, perfecto, pero vamos a organizarnos'.

La policía también recomienda a los secuestrados que, en la medida de sus posibilidades, nunca cambien un lugar abierto por un lugar cerrado, no mientan a los delincuentes, porque si lo descubren pueden vengarse y se resistan a llevarlos a su casa. Asimismo, los investigadores recomiendan que el secuestrado trate de controlar sus emociones y no se convierta en víctima, ni tampoco informe sobre aspectos económicos de la familia que los delincuentes ignoren.

Noticias relacionadas (caso reale):



Fuentes:
Wikipedia
Terra actualidad - Vocento/VMT