domingo, 14 de noviembre de 2010

Paraiso debastado


No diremos su nombre, su nacionalidad, ni su edad.

Pero por su aspecto parece ser de Europa del Este y no tener más de 30 años. Tiene miedo a que su familia se entere de todo lo que le ha pasado, y, sobre todo, a que las mafias que la obligaron a dedicarse a la prostitución la encuentren. su vida está en peligro.

Cristina, nombre ficticio, llegó hace unos años a Madrid junto a su novio, quien le prometió trabajo como empleada doméstica en una casa a las afueras de la ciudad. Todo parecía estupendo, la esperanza y la ilusión se desbordaban mientras llegaban a su nuevo nido de amor. Esperanza, espectativas, conocer nuevas costumbres. Pero cuando llegaron al chalet la persona que los recibió le entregó un sobre con dinero a él y Cristina no volvió a verlo: la había vendido a una red de trata de blancas.

Desde aquel día, Cristina vivió una pesadilla de la que todavía no ha despertado.

“Durante los cuatro meses siguientes me obligaron a prostituirme y como no aceptaba, cada día me daban una paliza hasta que se cansaban ellos o hasta que perdía el conocimiento yo”, relata. “Me preguntaban: ¿vas a trabajar? Y como yo contestaba que no, me golpeaban sin parar hasta dejarme cicatrices por todo el cuerpo”, añade.

Todo oscuro en todo momento, no veia salida al pozo en el que se había "caido". La sensación cada vez, le hacía sentirse más "basura", más sucia.

No sólo le clavaron unas tijeras en la pierna, le rompieron el tímpano y la golpearon hasta que se desmayaba, también amenazaban con matar a su familia. “Me decían que sabían dónde vivía, que conocían a mis padres, que tenía una hermana pequeña muy guapa, que si no quería complicarme la vida tenía que colaborar…”.

Así hasta que aceptó y se convirtió en prostituta. “Me pagaban, pero muy poco. Por una hora cobraba 30 euros, pero a ellos el cliente les pagaba 300 euros. Y de lo que ganaba tenía que pagar por “vivir” en esa casa. A cambio tenía que estar disponible a todas horas y estar dispuesta hacer todo lo que el cliente quisiera, incluso consumir cocaína. Me enganché”.

Era insoportable el sufrimiento que padecía, harta de golpes, violaciones, vejaciones, únicamente para beneficio de ellos. Las amenazas continuaron, día sí día también, el terror te abrasa, pero temía por ella y por su familia.

Una noche en que el jefe no estaba y con ayuda de varias chicas de la casa consiguió escapar. “Salí por la puerta de atrás, me quedé un día entero escondida en una obra que había enfrente hasta que una de mis compañeras llamó a un taxi que me recogió”, relata.

Pero la tranquilidad le duró poco, porque al día siguiente empezaron las amenazas telefónicas a su móvil. “Me dijeron que tenían videos míos trabajando como prostituta y que se los iban a mandar a mi familia. Los denuncié a la Policía y ellos fueron y detuvieron al jefe y a su mujer, que ahora están en la cárcel. Pero yo no estoy tranquila. Me siento libre, pero no segura. Ya no confío en nadie, sólo en  mi misma”.

Años duros, pero ahora, la incertidumbre todavía sobrevuela sus pensamientos y encarnece sus miedos. 

Cree que lo peor ya paso, pero en su mente todavía, se siente presa. 

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