lunes, 1 de marzo de 2010

Vida ante tus ojos


Salgo de casa con la intención de observar a la gente que me cruzo minuto a minuto. Me inquieta el saber que pueden pensar y descubrir lo que cada uno piensa en ese momento, por ejemplo mientras camina.

Primer pié fuera de mi portal, y como siempre, hago un recorrido visual de 180º, la seguridad ante todo. No observo a ninguna persona pero sé donde voy a ir, bajaré al centro de la ciudad.

Mis primeros pasos observan movimiento en el barrio, gente cogiendo el autobús, entrando en el supermercado, cruzando la calle a pesar de poner en peligro su vida, al paso de vehículos.

La panorámica general me revela actividad cotidiana, y un ir y venir de vehículos de brillantes colores, que acompañan con el ruido de sus motores mi senda programada.

De repente, hacia mi caminar, observo a una señora mayor, de unos 75 años aproximadamente, que con una mirada profunda, y un caminar lento, habla para sí, como si la conversación la llevara con otra persona. Su pelo blanco y sus prendas, me hacen deducir, que la coquetería no se pierde, y esta señora mantiene perfectamente, la correcta vestimenta y el perfume que arrastra, termina de confirmarme mis presagios.

En un segundo, mi mente da un cambio, y al paso de la señora no dudo en girarme, y la observo, mientras se aleja, de que todo marcha bien. Durante ese segundo, visualizo, que la señora lleva un colgante de oro, el bolso colgando de un brazo y el monedero, con la compra en el otro. Reflexiono instantáneamente y me aterra, todo lo que le pudiera suceder si en vez de cruzarse conmigo, se cruza con un “desgraciado” hambriento de euros para malgastar. Cuando observo que se introduce la señora en el portal, tranquilidad.

Tres pasos más y un vehículo estaciona en doble fila, y su conductor, un hombre curtido en mil batallas, con su furgoneta, se baja y entra a descargar en la tienda de frutos secos… Mientras, paso justo al lado de la ventanilla de la furgoneta, distingo una cartera, un teléfono móvil, y papeles varios, que contienen la ruta diaria, que su conductor realiza durante la jornada. Otro segundo, otro paso más, y otra ráfaga de temor, me indica que ese conductor, confía demasiado, cualquiera que pase puede apoderarse de lo que el brazo le permita atropar. Sigo caminando y escucho el portazo de la puerta de la furgoneta, y continuar con la ruta diaria. Pienso, que suerte tuviste, conductor.

Paso junto a un Banco, y casi me choco con un joven que con un billete de 50€ en mano, y otro fajo en la otra sale tan alegremente, sonriente, como si tuviera premio. Para mi, pensaba, “eso, eso, enséñalo, a ver cuanto te dura…”

En la parada del autobús, y ya rodeado de más personas, cada una mira hacia un punto indeterminado, pero la calle por donde asoma el autobús, acapara todas las miradas, a veces desesperante, por la tardanza. Entretenimiento general, mirar los vehículos que pasan, es bastante entretenido…un chaval pasa cantando, otra conductora mirándose a los espejos, otro hablando por el móvil y otros desviando la mirada a la muchacha que tengo a mi lado, que como yo no quita la mirada de la calle por donde asoma el bus.

Cuando subes al autobús, las miradas cambian y todas, se fijan en los que acabamos de subir, y los usuarios, ya sentados, y que tienen asiento libre a derecha o izquierda, realizan un chequeo visual, por si decides ser su acompañante casual, durante el recorrido.

Me siento al lado de una mujer de unos 50 años, que cuando me siento, agarra su bolso para sí, dejándome claro, que está alerta, por dentro pienso, “así me gusta, que sea precavida…”. 


La gente piensa en sus cosas, pero poca gente se para a pensar en lo que en un momento te puede suceder en el bus, pequeños hurtos, caídas, detalles de educación, al dejar sentarse a alguien mucho mayor, que necesita estar sentado. En principio, nadie conoce a nadie, pero como cambia la gente, en el momento que sube un conocido al autobús…espectacular, sale la realidad de como es esa persona, y a veces te alegras hasta tú, sin tener nada que ver….y piensas, “oye que alegría le ha dado…”


 Llego a mi destino y parado en mitad de la acera, dejas pasar el tiempo y la gente, y los detalles son impresionantes. Gente caminando a una velocidad endemoniada, escuchas distintas conversaciones, algunas paradójicas. Pero en mi caso, y como os sucederá a muchos, veis más allá. Sientes el peligro, ves a gente que te genera desconfianza, ves gente andando sin rumbo, reconoces a los son capaces de tirarle del collar a la señora mayor que te cruzaste al salir de casa…presientes quien sería capaz de alargar su brazo para levantarle la “pelleja” al repartidor, y la sensación de peligro la tienes más presente que todos los viandantes.

 Puede parecer obsesivo, estar en esa situación de alerta las 24 horas del día, pero pienso que, si en ese momento, ocurre un hecho, la reacción sería inmediata.
Estamos preparados para eso, y todos si vemos un hecho grave, “saltamos” y actuamos.


La gente mientras disfruta de su vida cotidiana, desconoce que tú “controlas” su vida ante tus ojos, y mientras tú estés presente, la persona que va pensando en sus cosas, continuara sin saber que el joven que tenía sentado en el autobús, no pretende quitarle el bolso, le prestaba seguridad sin ella saberlo.

Las ciudades son el abismo de la especie humana.

                                                        Jean-Jacques Rousseau (Escritor, filósofo, músico)

No hay comentarios: