¿VALIO LA PENA?
Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.
Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días,
sin saltarse la ley.
CAPITULO II
Fue un lunes de marzo. García entró en el despacho y le dijo:
-Jefe tenemos un problema grave. Han secuestrado a una niña de ocho años. Los padres están abajo presentando la denuncia. Tan pronto sepa algo más le informo.
Lo que le pedía el cuerpo era bajar y hacerse cargo del asunto, pero entendía que debía dejarlo en manos del jefe de Grupo, el propio García. Los hechos se fueron precipitando; unas horas más tarde ya estaba confirmado que el secuestro lo había hecho un vecino de los padres conocido como el Cabrero con el que ya desde antiguo venían teniendo problemas por cuestiones de lindes. No había lugar a dudas, las cámaras de seguridad de una gasolinera próxima a donde se produjo el secuestro habían grabado perfectamente la escena del mismo y se identificaba sin error a su autor.
El asunto forzosamente tenía que tratarse con las mayores precauciones, por lo que inicialmente se optó por montar un dispositivo de vigilancia sobre el Cabrero con la esperanza de que condujera a los investigadores al lugar donde se hallara la niña, pero las primeras 24 horas no dieron resultado alguno, el Cabrero no salía de su entorno habitual. La noticia ya había saltado a la prensa y el escándalo era generalizado, la alarma en el pueblo tremenda y la posibilidad de que la niña ya hubiera fallecido, cierta. Así que ordenó que fuera detenido de inmediato.
Con los formalismos legales establecidos se le trasladó a la Comisaría y por el propio García se inició su interrogatorio, pero el Cabrero no hablaba; parecía que no estuviera en sus cabales. Pese a la contundencia de las pruebas que se le mostraban y que demostraban su autoría, pese a los argumentos que se le daban de que sería mejor para el que a la niña no le sucediera nada y que cuanto antes apareciera mejor para todos, pese a las advertencias de la condena que podría caerle por la gravedad de los hechos, el Cabrero no hablaba.
Ni negaba, ni asentía, solamente dejaba vagar su mirada por el despacho como si con aquella actitud diera a entender que no le importaba nada y que con aquello había cumplido su promesa de venganza del padre de la niña. No le valían ni los argumentos del propio abogado que le asistía para que redujera la gravedad de sus actos. Solo unas nauseabundas frases salieron de su boca: “Que se jodan, ahora les toca a ellos”, sin pararse a razonar sobre lo insensato de hacer caer sobre una criatura inocente su venganza.
Fueron más de cuarenta y ocho horas de angustia hasta extremos insoportables. Guardia Civil, Policías Locales, bomberos, refuerzos de la capital y de otros pueblos, toda la Comisaría y todo el pueblo echado al monte para tratar de localizar algo, un vestigio de dónde tirar, una señal, algo. Pero nada. El Cabrero seguía en su ensimismado y demencial silencio y desprecio.
A las puertas de la Comisaría, el padre de la niña: “Déjemelo a mí. Déjemelo solo un momento, ya verá como habla”. Y la gente… y hasta los propios funcionarios: “Jefe, déjemelo a mí”.
Ya no sabía qué le pesaba más, si el desaliento o el cansancio; parecía que todo el mundo había arrojado la toalla. Eran casi tres días los que habían pasado del secuestro; las probabilidades de que la niña viviera eran prácticamente nulas si no había alguien que se ocupara de ella y el cabrero no tenía pinta de que contara con algún cómplice.
Necesitaba cambiarse de ropa y asearse un poco. Se volvió a Bermúdez que trataba de mantenerse despierto a toda costa pese a los tres días que llevaban sin pegar ojo y le dijo:
- Voy al hotel y vuelvo en seguida, llamadme si hay novedad.
continuará............
Fuente: Internet
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