martes, 30 de marzo de 2010

¿Valió la pena? Capitulo IV




¿VALIO LA PENA?

Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.
Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días,
 sin saltarse la ley


CAPITULO IV

El guardia de puerta no le esperaba tan pronto, así que se sorprendió por su llegada y  lo enérgico de sus modales:


-Sacad al detenido y llevadlo a mi despacho.
Colgó con cuidado la chaqueta y esperó.


Había oído, incluso leído que existían métodos eficaces para estos casos. Nunca les había prestado atención, no iban con él;  estaba convencido de que con un “cara a cara” sería suficiente.


Cuando subieron se dirigió al detenido y le ordenó: Siéntese.  Vds. pueden retirarse, voy a hablar con el detenido y ya les llamare cuando termine.


García se interpuso: ¡Jefe, déjemelo a mí ¡ 
- No, déjenme solo, lo que hay que hacer tengo que hacerlo yo. Espéreme abajo.
- Deje que me quede con usted,   insistió.
-No García, gracias,  pero lo que hay que hacer tengo que hacerlo yo sólo.


 No podía consentirlo;  jamás hubiera permitido  que un subordinado cargara con algo que le perjudicaría. Tenía que ser él.


     Mientras lo subían cogió el Código y buscó.  Realmente no tenía que consultar nada, lo había mirado ya tantas  veces en las últimas horas, que se lo sabía de memoria:


 Artículo 174. Código Penal.  Comete tortura la autoridad o funcionario público que, abusando de su cargo, y con el fin de obtener una confesión o información de cualquier persona….., la sometiere a condiciones o procedimientos que por su naturaleza, duración u otras circunstancias, le supongan sufrimientos físicos o mentales,…. El culpable de tortura será castigado con la pena de prisión de dos a seis años…  e inhabilitación absoluta de ocho a 12 años


Apenas pasaron dos horas. Volvió a llamar a los guardias y les ordenó:


- Llévense al detenido y que lo vea un médico. Llamen a una ambulancia que nos acompañe.


  Miguel,  el Comisario, parecía otro, como si hubiera crecido.  Ejercía  la dirección con una extraña seguridad y firmeza.


Hicieron  acopio de todas las linternas, oficiales o particulares que encontraron y montaron en los coches.


-         García suba conmigo y conduzca, los demás sígannos.


Sacó un croquis y empezó a dar instrucciones:


       - Tire por el camino de las canteras y avance unos cinco kilómetros.  Al pasar el pozo gire a la derecha.   Métase hacía la montaña por el cauce del arroyo. Suba hasta la hilera de castaños a la izquierda.  Cuente las cuevas, pasada la quinta según subimos a la izquierda.  Pare el coche.   Vamos para arriba. Sí hacia aquellos peñascos. Alumbren por aquí,  por aquí… Si debe ser esto.


 Tapada con  matojos,  piedras y tierra,  de modo que ni el mejor perro adiestrado la habría encontrado,  apareció la entrada a la cueva.  Una oquedad de apenas un metro de anchura.


         -Morales,   entre y mire.


Tuvo que  arrastrarse y avanzar cinco o seis metros y allí, al fondo, atada de pies y manos, metida en un saco y  en las peores condiciones que un ser podía estar, estaba la niña. Fría, casi muerta, pero viva, respirando;  muy débilmente,  pero respirando.


¡Está aquí!,  ¡respira!,   ¡está viva!.  Y mientras que aquel corazón latía aunque muy débilmente,  pareció que los corazones de todos  los demás se pararon.

Reptando de espaldas y con todo el  cuidado,  Morales pudo  sacarla. El médico le tomó el pulso, le aplicó oxígeno y la metió en la ambulancia, se volvió al Comisario y le dijo:
-“Gracias a Dios, creo que hemos llegado a tiempo”.


Miró a su alrededor y evaluó. Habrían tardado, meses en encontrar aquel agujero, si es que lo conseguían porque lo más probable es que quedara enterrada viva o fuera devorada por las alimañas. Estaba claro: el Cabrero no  había tenido valor para  matarla y la había abandonado a su suerte.


- Quédense ustedes aquí, y acordonen esto hasta que vengan los de científica por la mañana, ordenó a dos policías,  y respirando profundamente se volvió a García que le miraba con asombro y admiración y le espetó. ¿Tienes el teléfono de los padres?   Llámales  y diles lo que hay, que vayan al hospital que su hija  está viva. 

continuará...........

Fuente: Internet

miércoles, 24 de marzo de 2010

¿Valió la pena? Capitulo III




¿VALIÓ LA PENA?

Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.
Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días,
 sin saltarse la ley.


CAPITULO III

Algo le atrajo hacía el local y eso que hacía años que no entraba en uno de esos. Puede que fuera la música,  sonaba “le Meteque”  de Moustaki. Estaba casi vacío. Sus rojas y azuladas luces le  dejaron distinguir a una pareja en una mesa y  la cara de la camarera en la que podían leerse las marcas de  muchas horas de barra. De rara belleza,  aquella mirada y media sonrisa la hacían muy atractiva.

 - Un whisky, por favor.
 - ¿De malta?
 - Sí, de malta.

Tenía la garganta reseca y quizás le hubiera venido mejor un gin-tonic,  pero necesitaba algo más fuerte que le arrancara aquella maldita flema.

Ella se separó discretamente y casi de dos tragos consumió el licor. Sacó la cartera y la llamó.
-¿Que le debo?
-¿Quiere otra copa?
-No gracias.
-No le voy a cobrar. La casa invita.
-¿Porque?
-Acaba usted  de salir en la tele y,  francamente, no le envidio.
-Bueno,  muchas gracias pero insisto, cóbreme.
-No le voy a cobrar y le digo más, me gustaría ayudarle pero,  perdone que le diga -y la sonrisa se transformó en una intensa y fija mirada-,  usted no necesita ayuda de nadie, usted ya sabe lo que tiene que hacer.


Era curioso; era como si una fuerza misteriosa le hubiera hecho entrar en  aquel local para obtener, de la forma y de la persona más inesperada, la respuesta a la pregunta que en las últimas horas le atormentaba.


Apenas avanzó por la acera un par de pasos. Se detuvo, miro de nuevo hacia el interior del club donde todavía ella le estaba observando, giró y se volvió a la Comisaría.

continuará.........

Fuente: Internet

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Valió la pena? Capitulo II




¿VALIO LA PENA?

Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.
Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días,

                                                                                             sin saltarse la ley.


CAPITULO II

         Fue un lunes  de marzo. García entró en el despacho y le dijo:


-Jefe tenemos un problema grave. Han secuestrado a una niña de ocho años. Los padres están abajo presentando la denuncia.   Tan pronto sepa algo más le informo.


          Lo que le pedía el cuerpo era bajar y hacerse cargo del asunto, pero entendía que debía dejarlo en manos del jefe de Grupo,  el propio García. Los hechos se fueron precipitando;  unas horas más tarde ya estaba confirmado que el secuestro lo había hecho un vecino de los padres conocido como el Cabrero con el que ya desde antiguo venían teniendo problemas  por cuestiones de lindes. No había lugar a dudas, las cámaras de seguridad de una gasolinera próxima a donde se produjo el secuestro habían grabado perfectamente la escena del mismo y se identificaba sin error a su autor.


El asunto forzosamente tenía que tratarse con las mayores precauciones,  por lo  que inicialmente se optó por montar un dispositivo de vigilancia sobre el Cabrero con la esperanza de que condujera a los investigadores al lugar donde se hallara la niña, pero las primeras 24 horas no dieron resultado alguno, el Cabrero no salía de su entorno habitual. La noticia ya había saltado a la prensa y  el escándalo era generalizado, la alarma en el pueblo tremenda y la posibilidad de que la niña ya hubiera fallecido, cierta.  Así que ordenó que fuera detenido de inmediato.


         Con los formalismos legales establecidos se le trasladó  a la Comisaría y por el propio García se inició su interrogatorio, pero el Cabrero no hablaba;  parecía que no estuviera en sus cabales. Pese a la contundencia de las pruebas que se le mostraban y que demostraban su autoría,  pese a los argumentos que se le daban de que sería mejor para el que a la niña no le sucediera nada y que cuanto antes apareciera mejor para todos,   pese a las advertencias de la condena que podría caerle por la gravedad de los hechos,  el Cabrero  no hablaba.


         Ni negaba, ni asentía, solamente dejaba vagar su mirada por el despacho como si con aquella actitud diera a entender que no le importaba nada y que con aquello había cumplido su promesa de venganza del padre de la niña. No le valían ni los argumentos del propio abogado que le asistía para que redujera la gravedad de sus actos. Solo unas nauseabundas frases salieron de su boca: “Que se jodan,  ahora les toca a ellos”,  sin pararse a razonar sobre lo insensato de hacer caer sobre una criatura inocente su venganza.


         Fueron más de  cuarenta y ocho horas de angustia hasta extremos insoportables. Guardia Civil, Policías Locales, bomberos, refuerzos de la capital y de otros pueblos,  toda la Comisaría y todo el pueblo echado al monte para tratar de  localizar algo,   un vestigio de dónde tirar,  una señal, algo.  Pero nada. El Cabrero seguía en su ensimismado y demencial silencio y desprecio. 


         A las puertas de la Comisaría,  el padre de la niña: “Déjemelo a mí. Déjemelo solo un momento, ya verá como habla”.  Y la gente… y hasta los propios funcionarios:   “Jefe,  déjemelo a mí”.


         Ya no sabía qué le pesaba más, si el desaliento o el cansancio; parecía que todo el mundo había arrojado la toalla.   Eran casi  tres días  los que habían pasado del secuestro; las probabilidades de que la niña viviera eran prácticamente nulas si no había alguien que se ocupara de ella y el cabrero no tenía pinta de que contara con algún cómplice.


         Necesitaba cambiarse de ropa y asearse un poco. Se volvió a Bermúdez que trataba de mantenerse despierto a toda costa pese a los tres días que llevaban sin pegar ojo y le dijo:
-         Voy al hotel y vuelvo en seguida, llamadme si hay novedad.

continuará............
Fuente: Internet

miércoles, 10 de marzo de 2010

¿Valió la Pena? Capitulo I



¿VALIO LA PENA?

Cuando la ley ya no sirve empiezan las guerras.
Pero la policía tiene que librar pequeñas guerras todos los días,
 sin saltarse la ley.

CAPITULO I

         Miguel no tenía claro qué le había llevado al comisariado.  Toda su vida lo había considerado como un objetivo improbable; de hecho pudo haberlo intentado ya hacía más de quince años  pero entonces sus hijos andaban en una edad difícil y era mejor estar con ellos; además en el trabajo estaba realmente bien, haciendo lo que le gustaba y con una gente extraordinaria.  Ir a trabajar no  representaba  un esfuerzo sino un placer.
         La cosa ahora había cambiado algo; los chicos ya eran mayores y la fecha de su pre-jubilación se le venía encima. Quizás por eso. A lo mejor era una forma de defenderse del inmediato e irremisible retiro; con el ascenso lo retrasaría unos años.  No se hacía a la idea de cómo iba a llevar su futuro. Acostumbrado a diez horas al día tirando del carro no se veía metido en casa sin obligaciones, se imaginaba que le faltaría algo. La cuestión era inevitable pero también le parecía que estaba obligado a intentarlo.  De todos modos lo más probable es que le rechazaran; había gente mucho mejor preparada que el, con títulos universitarios, con mejores destinos y  seguro que con buenos padrinos.  Al fin y al cabo él solo era un simple inspector de policía que había pasado toda su vida en la “pringue” y si lo sacaban de allí se convertía en un inútil. Nada sabía  de otros servicios que no fuera tratar con los “chorizos”,  la Brigada había sido su vida y fuera de ella apenas sabía moverse.
No era cuestión de dinero, pero parecía que estaba obligado a presentarse. Como Policía había cubierto todas las metas; tenía más prestigio o condecoraciones de las que quizá mereciera y  la vida le había tratado con fortuna; se hallaba ahora mejor que nunca, había conseguido rodearse de los mejores compañeros y profesionales hasta el punto que  casi se podía decir que era un equipo de amigos,  así que lo cierto era que dejar todo aquello para emprender un nuevo reto parecía un riesgo innecesario. El futuro que le esperaba ya se lo imaginaba,  no solo iba a dejar su grupo, y  su “status”,  sino  que tendría que ponerle ruedas a la maleta y empezar de nuevo donde le  mandasen.
Aprovechando una comida de domingo y con la familia reunida, les consultó. Parecía que lo esperaban porque todos estuvieron de acuerdo en apoyarle. Encarnita apuntó: “Si crees que lo necesitas, hazlo; luego te arrepentirías de no haberlo hecho”.
Y resulta que todo fue rodado. Nunca pudo imaginarse conque facilidad se desarrollaron las cosas. Incluso aquella entrevista en la que parecía decidirse todo,  se redujo a una simple pregunta: ¿Porque quiere Vd. ser comisario?  “Para rematar la faena”, contestó. Y eso fue todo.
El subdirector estuvo afectuoso:
- “Miguel, me gustaría que se hiciera cargo de esta plantilla. Le aseguro que es una Comisaría modélica, sin problemas internos,  con un buen equipo de profesionales y con unos resultados magníficos. Pero me hace falta alguien como Vd. con experiencia y el temple necesario que frene los nervios de algunos políticos locales que vienen dando problemas. Será poco tiempo, yo le prometo que más o menos en un año va usted a volver a su plantilla a relevar al actual jefe de su brigada”.
Así  que allí estaba. Instalado en el hotelito familiar que le habían buscado; no era cosa de cerrar la casa, total por un año. Ya vendría su mujer  por temporadas y entre vacaciones y algunos fines de semana irían toreando la espera. De todos modos no era muy exigente en cuestiones domesticas y tenía todo  lo que necesitaba.
         Quisieron hacer de su presentación un acto público y le acompañaron a la toma de posesión el Jefe Superior y el Provincial.  Le recibieron los funcionarios de la Comisaría, el juez y algunos políticos locales, pero solo comenzó a sentirse verdaderamente comisario cuando se sentó en su despacho y empezó  a entrevistarse con los distintos mandos de la Comisaría  para conocer los problemas, es entonces cuando sintió que era él el primer encargado de que aquello funcionara.
Trataba de ser objetivo, pero estaba claro que su palo era la “pringue” y era lo que más le tiraba. Un pequeño grupo de investigación, cinco policías a cargo de García, un inspector  joven, voluntarioso y sin demasiada experiencia. De la gente uniformada se ocupaba Morales, un inspector atlético, deportista y nervioso. Del resto, secretaría, documentación  y de “lo que hiciera falta”  se ocupaba el inspector Bermúdez,  segundo de a bordo y un veterano de la tierra encargado de arreglar las guerrillas de cada día y que por supuesto era el que se había ocupado del problema de su alojamiento.
Los días, las semanas iban cayendo y todo rodaba bien. Sus relaciones  con las autoridades locales iban sobre ruedas. Un par de comidas y una mesa de dominó habían sido suficientes  para solucionar las diferencias con el alcalde y ahora no había acto oficial o privado al que no se le invitara. 

continuará...............

Fuente: Internet

sábado, 6 de marzo de 2010

Impotencia Voraz


La impotencia y la preocupación, resaltaban en los ojos de todos los compañeros, mientras te van contando el incidente, les cambia la cara por momentos, mejor casi no hablar. El servicio de tarde ya estaba cuesta abajo, cuando la llamada de la sala, algo confusa, comisiona a varios indicativos a la Avenida de Madrid de Zaragoza.

A la llegada de los indicativos, las llamas desbordaban el balcón y una señora mayor, de origen chino, se aferraba a los barrotes como vía de escape.

Menudo panorama, todos los servicios disponibles, trabajaban al 100%, para ayudar, ya no a los residentes del piso, si no a todos los vecinos del bloque, con orden y con la máxima precaución.

La aparatosidad del incendio congregó a cientos de curiosos en el entorno del edificio y la Policía Local tuvo que cortar al tráfico un carril, lo que provocó retenciones en la zona, cada servicio tiene sus tareas.

Un incendio difícil de sofocar, y según los bomberos, el fuego se inició en el salón del piso, en el que la familia residía en régimen de alquiler. La labor resultó complicada porque la familia china apenas hablaba español.

La abuela salió junto con los niños de 3 y 5 años al balcón para protegerse del fuego y pedir ayuda, pero las llamas alcanzaron primero a los pequeños y murieron carbonizados. A la anciana se le prendió el pelo y la manta con la que se protegía y se descolgó por el balcón apoyándose en una canaleta del edificio contiguo para intentar salvarse.

Los bomberos rescataron a la señora, que fue trasladada al Hospital Miguel Servet en estado grave, con quemaduras en el 40% de su cuerpo y afectada por la inhalación de humo. Seguidamente los bomberos sacaron los cuerpos de los dos niños de 3 y 5 años que fallecieron carbonizados.

Vaya noche y que impotencia, ser tú el que tiene que velar por salvar a esa gente y, ante la imposibilidad de lograrlo, retenerlo en la memoria por tiempo infinito.

Las sensaciones de todos los presentes, se podían palpar, el ruido de las llamas asesinas, se sentían como ruido de mar al romper contra el espigón. El olor del humo final entristecía a todos los curiosos y el miedo se hacía sentir en las miradas de todos.

Una historia triste donde dos niños han perdido la vida de una manera trágica, donde la desgracia se comparte con todos los que, por ser lo que son, intervinieron con la intención de poder evitarlo, bomberos, servicios sanitarios, Policía Local, Policía Nacional…



No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son lo que inspiran más temor.



Alejandro Dumas

lunes, 1 de marzo de 2010

Vida ante tus ojos


Salgo de casa con la intención de observar a la gente que me cruzo minuto a minuto. Me inquieta el saber que pueden pensar y descubrir lo que cada uno piensa en ese momento, por ejemplo mientras camina.

Primer pié fuera de mi portal, y como siempre, hago un recorrido visual de 180º, la seguridad ante todo. No observo a ninguna persona pero sé donde voy a ir, bajaré al centro de la ciudad.

Mis primeros pasos observan movimiento en el barrio, gente cogiendo el autobús, entrando en el supermercado, cruzando la calle a pesar de poner en peligro su vida, al paso de vehículos.

La panorámica general me revela actividad cotidiana, y un ir y venir de vehículos de brillantes colores, que acompañan con el ruido de sus motores mi senda programada.

De repente, hacia mi caminar, observo a una señora mayor, de unos 75 años aproximadamente, que con una mirada profunda, y un caminar lento, habla para sí, como si la conversación la llevara con otra persona. Su pelo blanco y sus prendas, me hacen deducir, que la coquetería no se pierde, y esta señora mantiene perfectamente, la correcta vestimenta y el perfume que arrastra, termina de confirmarme mis presagios.

En un segundo, mi mente da un cambio, y al paso de la señora no dudo en girarme, y la observo, mientras se aleja, de que todo marcha bien. Durante ese segundo, visualizo, que la señora lleva un colgante de oro, el bolso colgando de un brazo y el monedero, con la compra en el otro. Reflexiono instantáneamente y me aterra, todo lo que le pudiera suceder si en vez de cruzarse conmigo, se cruza con un “desgraciado” hambriento de euros para malgastar. Cuando observo que se introduce la señora en el portal, tranquilidad.

Tres pasos más y un vehículo estaciona en doble fila, y su conductor, un hombre curtido en mil batallas, con su furgoneta, se baja y entra a descargar en la tienda de frutos secos… Mientras, paso justo al lado de la ventanilla de la furgoneta, distingo una cartera, un teléfono móvil, y papeles varios, que contienen la ruta diaria, que su conductor realiza durante la jornada. Otro segundo, otro paso más, y otra ráfaga de temor, me indica que ese conductor, confía demasiado, cualquiera que pase puede apoderarse de lo que el brazo le permita atropar. Sigo caminando y escucho el portazo de la puerta de la furgoneta, y continuar con la ruta diaria. Pienso, que suerte tuviste, conductor.

Paso junto a un Banco, y casi me choco con un joven que con un billete de 50€ en mano, y otro fajo en la otra sale tan alegremente, sonriente, como si tuviera premio. Para mi, pensaba, “eso, eso, enséñalo, a ver cuanto te dura…”

En la parada del autobús, y ya rodeado de más personas, cada una mira hacia un punto indeterminado, pero la calle por donde asoma el autobús, acapara todas las miradas, a veces desesperante, por la tardanza. Entretenimiento general, mirar los vehículos que pasan, es bastante entretenido…un chaval pasa cantando, otra conductora mirándose a los espejos, otro hablando por el móvil y otros desviando la mirada a la muchacha que tengo a mi lado, que como yo no quita la mirada de la calle por donde asoma el bus.

Cuando subes al autobús, las miradas cambian y todas, se fijan en los que acabamos de subir, y los usuarios, ya sentados, y que tienen asiento libre a derecha o izquierda, realizan un chequeo visual, por si decides ser su acompañante casual, durante el recorrido.

Me siento al lado de una mujer de unos 50 años, que cuando me siento, agarra su bolso para sí, dejándome claro, que está alerta, por dentro pienso, “así me gusta, que sea precavida…”. 


La gente piensa en sus cosas, pero poca gente se para a pensar en lo que en un momento te puede suceder en el bus, pequeños hurtos, caídas, detalles de educación, al dejar sentarse a alguien mucho mayor, que necesita estar sentado. En principio, nadie conoce a nadie, pero como cambia la gente, en el momento que sube un conocido al autobús…espectacular, sale la realidad de como es esa persona, y a veces te alegras hasta tú, sin tener nada que ver….y piensas, “oye que alegría le ha dado…”


 Llego a mi destino y parado en mitad de la acera, dejas pasar el tiempo y la gente, y los detalles son impresionantes. Gente caminando a una velocidad endemoniada, escuchas distintas conversaciones, algunas paradójicas. Pero en mi caso, y como os sucederá a muchos, veis más allá. Sientes el peligro, ves a gente que te genera desconfianza, ves gente andando sin rumbo, reconoces a los son capaces de tirarle del collar a la señora mayor que te cruzaste al salir de casa…presientes quien sería capaz de alargar su brazo para levantarle la “pelleja” al repartidor, y la sensación de peligro la tienes más presente que todos los viandantes.

 Puede parecer obsesivo, estar en esa situación de alerta las 24 horas del día, pero pienso que, si en ese momento, ocurre un hecho, la reacción sería inmediata.
Estamos preparados para eso, y todos si vemos un hecho grave, “saltamos” y actuamos.


La gente mientras disfruta de su vida cotidiana, desconoce que tú “controlas” su vida ante tus ojos, y mientras tú estés presente, la persona que va pensando en sus cosas, continuara sin saber que el joven que tenía sentado en el autobús, no pretende quitarle el bolso, le prestaba seguridad sin ella saberlo.

Las ciudades son el abismo de la especie humana.

                                                        Jean-Jacques Rousseau (Escritor, filósofo, músico)