Parados con las motos, en una calle peatonal, recuerdo, a una señora, con cara de preocupación y de angustia, que como única posibilidad, vio en mi compañero y en mí, la luz a un panorama, que en ese momento salpicaba las mejillas de la mujer, y hacía presagiar algo fatídico, pero que mientras escuchábamos con inquietud, se iba tornando en sólo un esfuerzo compartido.
Cuando la mujer, recuperó el habla, comentó que acababa de volver con su marido del hospital, en una ambulancia, y que, la habían dejado en el portal con su marido, que había estado enfermo, y le resultaba imposible ayudarle a subir las cuatro plantas de la vivienda.
Cuando llegamos al portal, el hombre se encontraba inmóvil en el tercer peldaño de la escalera. Todo eso había avanzado, en una hora y media que llevaban en el rellano. Las fuerzas de aquel hombre, se veían en su mirada perdida, desvanecerse hacia lo alto de las escaleras, como si fuera la escalinata del infinito.
El hombre nos engañó, porque miraba hacía arriba, pero claramente, era el propio instinto de ascender, su mirada sólo veía, sombras y bultos extraños. Por eso cuando sintió que le amarrábamos, sin titubear, se sintió relajado, pero tenso al perder todo su control, y depender de dos sombras vestidas de oscuro, que tenia que creerse que eran policías.
La información que iba recibiendo, de su señora, le confortaba, porque sabía que en breve estaría de nuevo en su sofá y junto a su estufa eléctrica.
El sentimiento de impotencia y perdida de movilidad, le haría recordar que hace años, el tuvo la misma fuerza o más, que la fuerza que ahora esos dos desconocidos hacían con el fin de regresarlo a su punto de relajación y de descanso.
Para nosotros la escalera, se convertía en una pared, cada vez más infranqueable, y ya nos fallaban hasta las fuerzas, sobre todo después de cuatro plantas, sin ascensor, y con una parte de la Historia viva al hombro.
La mujer se desvivía hacia nuestro esfuerzo, y fue un monólogo de agradecimientos continuados.
La situación nos dejó exhaustos, pero la satisfacción, de haber realizado un beneficio a estas personas, era gratificante de sobras, como para saber, que en nuestro parte de ocurrencias, no resultaría ninguna estadística reseñable.
Un hecho tan insignificante, puede producirte una satisfacción enorme y, aunque no se le dé importancia, personalmente te forma y te enseña a ayudar, sin ningún tipo de reparo, a un hombre que es historia viva de toda una vida.
La juventud de ahora, poco se para a pensar en esa vejez y, difícilmente se mentaliza en arrimar el hombro, para ayudar a alguien. Es una lástima.
Pero no caen en la cuenta de que todos llegaremos a esa edad, y a sufrir la angustia de no poder utilizar toda la fuerza, que ahora mismo poseemos, y poco a poco, nos fallará la pila… sólo espero que cuando necesite hacer ese esfuerzo, como en el tema de hoy, alguien este dispuesto a ayudarme, como una vez lo hice yo con mi compañero.
Estas situaciones son de lo más reconfortables, y a veces te hace pensar lo dura que es la vida, y lo importante que es la familia.
La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy.
Lucio Anneo Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario