domingo, 21 de febrero de 2010

Reflexiones...


He salvado a una mujer que se había intentado suicidar, con las venas cortadas dentro de la bañera, sacándola yo mismo del agua ensangrentada con el cuerpo frío y desnudo, llevándola en brazos hasta el Z y trasladándola hasta el hospital de Moncloa, se salvó. La sensación que sientes es increíble.

He socorrido a un anciano que se había caído en el baño de su casa, estaba tirado en el suelo llorando con el pañal medio caído y se había defecado encima, le he ayudado a levantarse y a ducharse mientras venía la ambulancia, esta actuación no va en el sueldo, pero he aprendido que aunque ganara 3.000 euros al mes el Estado nunca podrá pagarme lo que hago.

He visto gente que se ha suicidado precipitándose al vacío desde sus casas, por no se sabe que problema, he meditado mucho con ello sobre la importancia de la vida y sobre la desesperación de las personas que resuelven tan trágicamente sus problemas, no he sido capaz de concebir como alguien puede tener más miedo a la vida que a la muerte, pero me da miedo pensar en la desesperación que deben vivir estas personas...

He capturado a un pedófilo cuando iba con un menor a un descampado, intervenimos cuando el hombre tenía los pantalones desabrochados, estropeamos una investigación policial en curso, pero el menor no sufrió ni sufrirá ya ningún daño, con ello aprendí que cuesta mucho a veces no tomarse la justicia por tu mano, pero que no hay que hacerlo...

He detenido pistola en mano a un chico de 23 años que puesto de éxtasis hasta arriba había cogido un cuchillo de cocina y había decidido salir a la calle a matar a alguien, un mal viaje decían... nunca sabré lo que hubiera pasado si mi compañero y yo no lo hubiéramos detenido en un parque cercano cuchillo en mano...

He detenido a tres skinheads que habían apuñalado a dos jóvenes tras rajarles las ruedas de su vehículo por llevar un símbolo "anarka"... he sentido el miedo de cerca al enfrentarme en clara desventaja numérica, yo y mi compañero (dos) contra ellos (tres), pero he aprendido con ello a conocerme mejor a mi mismo y creer más en mis posibilidades, a saber que el miedo se supera más fácilmente de lo que imaginaba y que la violencia por desgracia forma parte del ser humano...

He detenido a maridos que maltrataban a sus mujeres, pero también he visto a muchas mujeres aprovecharse de la Ley para hacer daño a sus maridos, he aprendido que no todas las Leyes son justas, pero que mi trabajo es hacerlas cumplir a pesar de que en ocasiones pueda estar en desacuerdo...

He llevado en mi coche particular al acabar el servicio a una mujer maltratada a su casa, yo mismo había visto como la pegaba patadas cuando estaba tirada en el suelo de un hospital, tan solo por que la acababan de decir que estaba embarazada... su marido la había comprado a su padre por tres cabras, me lo decía mientras lloraba con el pómulo partido... he aprendido que a veces la realidad supera a la ficción y que la crueldad puede no tener límites.

He entrado en incendios para desalojar a los vecinos, sin más protección que una mascarilla y como mucho un extintor en la mano, he pensado después que quizá no debí hacerlo, no tengo entrenamiento ni medios para ello, no es mi función, pero que demonios... ¿acaso alguien piensa en eso cuando hay vidas humanas en juego?

He socorrido a una mujer que había dado una vuelta de campana con su coche, increíblemente no la había pasado nada, el coche quedó siniestro y ella estaba intacta... he aprendido a creer en los milagros

He visto batallas campales de decenas de chavales tirandose botellas y piedras... he aprendido a esperar el momento oportuno para actuar, el mejor cazador no es el que más tiros pega, si no el que más puntería tiene.

He visto la impotencia de la gente cuando no puedes darles una solución a sus problemas, yo mismo he sentido esa impotencia...

He aprendido a conocerme, he madurado mucho como ser humano, como persona y como Policía, he aprendido a valorar la vida y los buenos momentos, a aceptar el devenir del destino pero a luchar para cambiarlo.

He tenido persecuciones que jamás hubiera soñado, no solo sucede en las películas, forma parte de la vida real... mi cuerpo a chorreado adrenalina por doquier y he sentido emociones muy fuertes

He gritado ALTO POLICIA lo más fuerte y lo más alto que he podido... no tiene precio ver la cara de algunos narcotraficantes cuando les coges con las manos en la masa...

He parado un coche sustraído y he sacado al conductor por la ventanilla, he aprendido la facilidad que muestran para colaborar algunas personas cuando quieren...

He lucido orgulloso mi placa en el pecho y he sentido en la mirada de las personas todo tipo de emociones: respeto, odio, ira, envidia, simpatía...

He escuchado la palabra GRACIAS, es cierto que pocas veces con sinceridad, pero cada vez que me lo dicen de corazón, cuando sé que he ayudado a cambiar algo, una pequeña sonrisa me ilumina el rostro...

He ayudado a cambiar ruedas y he empujado coches sin gasolina, una madre y su hija me han invitado a comer paella por ello.

He llevado a una chicas borrachas a su casa, un grupo de tíos las estaba incordiando y no sabían como iban a acabar en aquel parque... no sé si evite algo o no, nunca lo sabré, pero sé lo que las sucedió... nada, volvieron intactas

He llevado a casa a una mujer algo mayor que se había caído en la calle, resultó que su marido era Inspector Jefe y me llamo para darme las gracias, he aprendido que ni todos los jefes son tan malos, ni todos los policías son tan buenos...

He visto la cantidad de droga que inunda la sociedad y sus brutales efectos, una chica "puesta de coca" a intentado darme un "BESO" de uniforme, le hice la esquiva, pero he aprendido que existen situaciones verdaderamente kafkianas y surrealistas...

He visto, he dicho y he hecho cosas que poca gente ha visto, ha dicho o ha hecho, pero sobre todo he sentido cosas que estoy seguro muy pocas personas podrán llegar a experimentar nunca sin ser Policías.

Me he divertido como un niño pequeño con mis compañeros, he reído, reído mucho y he llorado de pena, pero también de felicidad, he visto muchas noches y muchos amaneceres (y los que espero seguir viendo) he visto la mirada orgullosa de mi mujer al contarle lo que he hecho hoy en el trabajo, aunque también he visto su mirada preocupada cuando llegaba con un parte de lesiones en la mano y alguna contusión de poca gravedad siempre.

He pensado en lo que hago, y en como lo hago, en lo que debí hacer o no hacer y en si mi trabajo realmente sirve para cambiar algo, si mis acciones y la de mis compañeros darán resultados en el futuro, si lo que hago servirá realmente para dejar un mundo mejor, más seguro, para mis hijos y los hijos de mis seres queridos el día de mañana... sinceramente creo que sí.

Y me he dado cuenta de que todo lo que cuento, no tiene precio, no está pagado y no podría vivirlo sin estar en este colectivo, del que estoy orgulloso de pertenecer y representar.

Fuente: Internet (Ángel Custodio desconocido)

sábado, 13 de febrero de 2010

Eterna Juventud


Parecía que no llegaríamos nunca, y fijaros, con lo bonito que era, despertar, con la única misión de ir al colegio, comer, volver al colegio y después, relax. Bajar a la calle, jugar al fútbol mientras rompías coches a balonazos, no porque quisieras hacer daño, si no porque la portería era el hueco libre de dos coches en batería y claro, a veces le dabas al poste.
La verdad, es que, eran otros tiempos, ahora se sustituye todo por la wii, playstation, y demás entretenimientos electrónicos, que además de ser caros, según dicen, fomentan a la violencia y a otras desviaciones sociales.

Mientras yo jugaba con el balón en la calle, allá a principios de 1980, también había grupos de jóvenes delincuentes, y también había peleas entre bandas. Sobre todo entre barrios, era como una “guerra” entre ciudades, pero que se solucionaba con cuatro “ostias”, cuatro pedradas y luego, cuatro cervezas, en cualquier barucho, donde hacia poca caja, y la necesidad, le permitía vender alcohol a menores.

La evolución era palpable, y esas “ostias”, cada vez eran más graves, se pasaba de utilizar los puños, a golpear con los cepos de las motos FDS o las ALX, que evolucionaron al igual que los demás.

Lo de las motos era la bomba, tenias una motillo, y eras el rey del mambo, pero el tema moto dio un bajón espectacular, cuando empezaron los accidentes graves, donde más de uno finalizó su partida, sin saber apenas lo que era un cable USB.

Recuerdo que en aquella época, había rockers, heavys, pijos, punks, skins…y cada uno tenía su zona correspondiente y cada uno podía elegir, según sus preferencias, el lugar donde pasar el rato y, en medio de todo estos “elegidos”, estábamos los que no nos decantábamos por ningún grupo, parecía que te decantabas por alguno por su vestimenta o por su música, pero al final…te comprabas lo que te dejaban tus padres, nada. Ropa, la más barata y si quieres música, te pones la radio.

Actualmente, y con todos los avances, la violencia se mantiene, pero es cada vez mucho más permanente y continuada. Aquí todo el mundo defiende lo suyo. Aunque a veces sea lo más insignificante. El respeto se perdió hace mucho tiempo, los jóvenes creen que lo han descubierto todo ellos ahora, y no se dan cuenta, que por donde pasan ahora, ya pasaron otros muchos.

El respeto al ver un policía en los años 80, era de inmovilidad absoluta, contener la respiración y esperar que no nos llamara la atención, era nuestra mayor satisfacción, no sea que ocurriera algo peor…

Ahora, la cuestión es engañar al agente, y encima vacilar, con las heroicidades de un “patoso”, que quiere quedar como gracioso delante de su grupo de pares, y lo que consigue es que, tanto vacilar, le cueste pasta la bromita delante de las amiguitas, con el fin de demostrar lo gallardo que es.

Todo lo que influye en la juventud actual, puede ser problema de la permisividad y la excesiva protección, que se hace a los menores, en su pleno desarrollo. Y perjudica notablemente al muchach@, que se siente amparado por todo, se sienten impunes, y además lo demuestran sin ningún tipo de problema.

El muchach@, que se siente tan impune, comienza a cometer delitos menores, que además restan importancia, y cuando se lo comunicas a sus padres, se ponen en contra de todo y defienden lo indefendible.

Recuerdo en Barcelona, la detención de unos muchachos, que estaban robando el móvil a otros dos, un poco más jóvenes. Hasta ahí, era habitual y sucedía los fines de semana con mucha frecuencia, se convirtió en una discusión infernal, con los padres de los autores del robo con violencia e intimidación, que no podían creer que sus hijos hubieran robado a otros, y defendían a capa y espada, que sus hijos no habían cometido esa fechoría.

Si yo cometo un robo en aquellos años 80, y llaman a mi padre, no os quiero contar, el pánico, que tendría ahora mismo, tengo los bellos de punta, y eso que solo lo estoy pensando…

Hay que hacer algo, para que menores y mayores, acepten sus responsabilidades y aprendan a convivir de una manera, que prevalezca el sentido común, y se dejen de proteccionismo mal entendido. Algo estaremos haciendo mal…

domingo, 7 de febrero de 2010

El Abuelo


Parados con las motos, en una calle peatonal, recuerdo, a una señora, con cara de preocupación y de angustia, que como única posibilidad, vio en mi compañero y en mí, la luz a un panorama, que en ese momento salpicaba las mejillas de la mujer, y hacía presagiar algo fatídico, pero que mientras escuchábamos con inquietud, se iba tornando en sólo un esfuerzo compartido.

Cuando la mujer, recuperó el habla, comentó que acababa de volver con su marido del hospital, en una ambulancia, y que, la habían dejado en el portal con su marido, que había estado enfermo, y le resultaba imposible ayudarle a subir las cuatro plantas de la vivienda.

Cuando llegamos al portal, el hombre se encontraba inmóvil en el tercer peldaño de la escalera. Todo eso había avanzado, en una hora y media que llevaban en el rellano. Las fuerzas de aquel hombre, se veían en su mirada perdida, desvanecerse hacia lo alto de las escaleras, como si fuera la escalinata del infinito.

El hombre nos engañó, porque miraba hacía arriba, pero claramente, era el propio instinto de ascender, su mirada sólo veía, sombras y bultos extraños. Por eso cuando sintió que le amarrábamos, sin titubear, se sintió relajado, pero tenso al perder todo su control, y depender de dos sombras vestidas de oscuro, que tenia que creerse que eran policías.

La información que iba recibiendo, de su señora, le confortaba, porque sabía que en breve estaría de nuevo en su sofá y junto a su estufa eléctrica.

El sentimiento de impotencia y perdida de movilidad, le haría recordar que hace años, el tuvo la misma fuerza o más, que la fuerza que ahora esos dos desconocidos hacían con el fin de regresarlo a su punto de relajación y de descanso.

Para nosotros la escalera, se convertía en una pared, cada vez más infranqueable, y ya nos fallaban hasta las fuerzas, sobre todo después de cuatro plantas, sin ascensor, y con una parte de la Historia viva al hombro.

La mujer se desvivía hacia nuestro esfuerzo, y fue un monólogo de agradecimientos continuados.
La situación nos dejó exhaustos, pero la satisfacción, de haber realizado un beneficio a estas personas, era gratificante de sobras, como para saber, que en nuestro parte de ocurrencias, no resultaría ninguna estadística reseñable.
Un hecho tan insignificante, puede producirte una satisfacción enorme y, aunque no se le dé importancia, personalmente te forma y te enseña a ayudar, sin ningún tipo de reparo, a un hombre que es historia viva de toda una vida.

La juventud de ahora, poco se para a pensar en esa vejez y, difícilmente se mentaliza en arrimar el hombro, para ayudar a alguien. Es una lástima.

Pero no caen en la cuenta de que todos llegaremos a esa edad, y a sufrir la angustia de no poder utilizar toda la fuerza, que ahora mismo poseemos, y poco a poco, nos fallará la pila… sólo espero que cuando necesite hacer ese esfuerzo, como en el tema de hoy, alguien este dispuesto a ayudarme, como una vez lo hice yo con mi compañero.
Estas situaciones son de lo más reconfortables, y a veces te hace pensar lo dura que es la vida, y lo importante que es la familia.

La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy.


Lucio Anneo Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.