lunes, 25 de enero de 2010

Me parece normal...


Conforme pasa el tiempo, todo nos va pareciendo normal, no nos extraña nada y lo que nos va sucediendo en la calle, ya se incorpora al anecdotario de nuestro circulo más cercano.Las cuestiones más tristes y que no son de buen agrado, surgen cuando te comisionan a un lugar donde alguien ha fallecido. La mente nada más recibir el comunicado, te prepara inconscientemente, para encontrarte lo peor.

Llegado al lugar, el ambiente de silencio, te marca la línea a seguir, y si la familia está en el sitio, con la persona fallecida, te conviertes en el principal testigo de la tristeza y del desánimo. Parece que te encuentras fuera de lugar, pero por necesidades del servicio, te has trasformado en el actor secundario, que cuando interviene, parece que fastidia la película y además tiene cosas que decir, pero que luego la familia afectada, no recordará, por el dolor y la fragilidad del momento.

Mientras, tú continuas con las labores encomendadas, observas todo lujo de detalles del lugar, y ves trasformada la vida de alguien, por las fotos y objetos presentes en el lugar, y el desenlace actual, donde el final de la vida, finiquita los sueños de esa persona que tiene la película terminada.
El problema surge cuando la persona fallecida, se a convertido en víctima de su propia decisión, y la estampa puede variar dependiendo de la forma de como esa persona haya decidido quitarse la vida. Desde mi experiencia personal, son más los precipitados, que dejan llevarse por la inercia, y no esperan al paso del tiempo, reduciendo su vida en menos de cinco segundos.

Quien no ha pensado nunca en la sensación de caída libre desde cualquier altura, y además siempre queda la duda de decir, ¿que pensaría durante el descenso? o también, ¿que le habrá llevado a tomar, esa decisión?
Tiene que ser durísimo tomar esa determinación, y debes encontrarte en una situación desesperante, ante la que lo tienes que ver todo muy negro y sin salida alguna.
Nuestro cuerpo se acostumbra, pero también te deja un poco “tocado” cuando ves que la persona que acaba con su vida, es joven o ha sido de manera violenta.

La primera vez que vi alguien fallecido en la calle, fue cuando tenía 11 años, camino del colegio, un señor mayor de unos 80 años ahorcado en un pinar, por el que teníamos que atravesar todas las mañanas para ir al colegio. Íbamos tres o cuatro amíguetes y no nos dimos cuenta de su presencia, y casi nos damos de bruces con el cuerpo colgante de aquel señor. Sensaciones contradictorias de todos los que estábamos allí y recuerdo que de los cuatro, uno corrió hasta el colegio y no espero. Los demás reaccionamos de maneras distintas, unos con sorpresa y otros restando importancia a lo visto en el lugar, y claro siendo niños, no piensas en nada más de decir que habías visto un muerto.

Las imágenes de los atentados o de accidentes graves, que se ven por la televisión pueden llegar a ser durísimas, pero distan mucho más si las vives en primera persona, y encima eres el actor principal, donde tu misión es intentar ayudar a heridos y tu retina retiene todos esos momentos de angustia, que seguramente no olvidarás jamás.


Cuando has pasado por un trago tan amargo como el de un atentado o un accidente grave, en el momento estás ansioso, por ayudar, por colaborar, estas en caliente y sientes que tu labor es necesaria, pero cuando terminas, llegas a casa y te miras frente al espejo, sientes la impotencia, la rabia y la amargura del rato vivido, recordando las imágenes de todo el horror que presenciaste en cuestión de segundos.

Parecen cuadros, parece que estas viendo una serie de diapositivas, llenas de dolor, de miedo, de angustia.

Con el tiempo, te acostumbras a llevarlo, algunos mejor y otros peor, alguno hasta prefiere no recordarlo, ni siquiera mencionarlo, con la intención de no rememorar algo tan amargo.

Volviendo a lo cotidiano, cuando tienes la llamada fatídica, te parece normal, lo que te puedas encontrar, pero te cambia la cara cuando debes comunicar a algún familiar, la noticia del fallecimiento de un familiar querido.

Otro trago amargo, que por muchas veces que lo hagas, dudas, y temes meter la pata o haber qué, y como se lo digo. Los minutos pasan y seguro que algo le dices, y además sin darte cuenta, estás poniendo todo de tu parte, para no hacer el golpe más duro a la otra persona. Ya os adelanto, que he visto reacciones de todo tipo, desde el desmayo hasta el intento de agresión, por ser el cartero de las malas noticias, pero a estas alturas me parece normal…

A petición de un compañero, que sufrió duros momentos, en diferentes situaciones, tanto de suicidios, accidentes graves y atentados, y quería, a través de este blog, compartirlo con todos los demás, deseando que no tengamos que presenciar momentos angustiosos, a sabiendas de que en cualquier momento y lugar tendremos que ser los carteros de las malas noticias.
En recuerdo de todas las víctimas, y los compañeros que intervinieron y que siguen interviniendo, en algún lugar, pero en especial, las más recientes, Atentados del 11 - M, accidente de Spanair en el aeropuerto de Madrid Barajas o en el terrible terremoto sufrido en Haití.

Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.

1 comentario:

nene dijo...
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